22 de agosto de 2014

DISOLUCIONES (Novela por entregas)

CAPÍTULO 2




El caos es oscuridad. Y nuestra condena es jugar ajedrez con la muerte. No ser nunca nadie. Que Dios a fuerza de albedrío, a fuerza de esa lógica imperturbable dominada por los adoradores de sí mismos, nos deje con el saludo en la boca.

Nuestra condena es el destierro al que nos obligaron aquellos que hicieron la juventud únicamente suya, que en el influjo de cada día se ceban en la esencia de las cosas, en la naturaleza visible e invisible del mundo de la vida y se apropian sin reservas, como dice Tomás Segovia, a ti que te gusta tanto, hasta de nuestra puta tristeza ¿Y qué hacemos los hijos bastardos de este siglo? ¿De qué nos alimentamos sino de negros pájaros de rencor y resentimiento, de remordimientos y terrores, que a diario te dicen que es demasiado grave la herida para salvarte; que es imposible liberarte del recuerdo de esa mujer que en el precario equilibrio de la memoria siempre devuelve tu sonrisa con un seco desprecio sin gestos y parte hacia el amor, hacia el sexo, hacia el amor, hacia las mezquinas manos de algún privilegiado, dejándote más triste que un zapato olvidado que cuelga de un cable.
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Vamos a la caza del tiempo que perdimos creyendo en nuestros veinte años. Dejo de jugar con gatillo de la pistola, ya sabes, haces presión esperando que-se-no-se dispare y queden embarradas sobre la mugre de la pared todos esos que podrías haber sido. Pienso que este no es el punto límite que espero y me despabilo de estos malos días. Miro a lo lejos a través de la ventana, el cielo nublado se abre… diría que a unas cuantas horas de distancia… y me parece que veo la reproducción vieja y percudida de una pintura, una de las tantas que mi abuela colgaba orgullosa en las paredes de su casa. No puedo desprenderme de mi educación católica, pienso que allá está sucediendo un milagro mientras acá seguimos solos. Guardo la Beretta como hacen los protagonistas en la televisión o en la pantalla de los cines y no me avergüenzo, me convenzo de que es mejor de esta manera. Me pongo la camisa y el abrigo; tomo los Ray Ban falsos y tiento pegada a mi pecho la cajetilla de cigarros. Enciendo uno y toda percepción se esfuma con la primera bocanada…
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Miro el cuadro del auto, mantengo desde hace varios kilómetros una velocidad constante y mi pensamiento anda al paso. Miro el cuadro del auto y estamos a punto de quedarnos sin gasolina y mi pensamiento anda al paso, pero está a punto de quedarse sin impulso, algo de combustión interna le hace falta. Tengo entumido el cuello y un martilleo leve pero interminable detrás de la cabeza. Los cigarrillos me saben a jugo gástrico, no hemos comido en todo el día. No podíamos detenernos, la noche, la Ciudad, este nuestro destino ha dejado de una vez por todas las pendejadas y se abre para que entremos completamente en nuestras pesadillas. No me engaño, nada en esta historia le pertenece a mis convicciones, soy apenas un pretexto, un peón sacrificado para que algún mediocre imbécil al final sea coronado con la chica hermosa. Sé que apenas soy una sombra para la esperanza.

El mentol del cigarro que fuma la chica a mi lado entra por mi nariz y derrama las ideas que son como una enfermedad que padezco desde hace años. Se terminó la gasolina, si vas a secuestrarme, sé un caballero y cómprame por lo menos un café y un par de cajetillas de cigarros, me dice mientras me acerco a la gasolinería. Le pido al chico que llene el tanque y pago con billetes que ella me ofrece de una pequeña bolsa negra de plástico. Una vez cargados meto el arma en la guantera y bajo a comprar café y varias cajetillas de cigarros en la tienda de veinticuatro horas. Adentro, los chicos que atienden el sucio local se mueven como señores feudales dentro de ese miserable establecimiento que es su tormento, con esa autosuficiencia que tienen los supervisores. Pienso que nada nos queda entre las ideologías de moda y la libertad de supermercado. Que mi mentalidad burocrática no tiene cuerpo, que estamos esclavizados en una rapidez vacía, que nuestro simpáticos gestos no tienen significado y que en realidad nos vamos muriendo de nada. Pago y echo un vistazo a las revistas del corazón y me avergüenza salir con las manos llenas de envidia. Afuera encuentro a la chica de los tacones escarlata recargada en el auto rodeada de tres malditos pretensiosos de pantalones ajustados, mocasines de gamuza, ridículos bigotes y sombreritos idiotas.

Galantean con ella y le encienden otro cigarrillo. al irme acercando siento cómo el miedo comienza de nuevo a relatarme la vida, este es el que te tiene secuestrada, pregunta uno, deberías por el bien de todos dejarla con nosotros, me dice otro mientras el tercero me abraza con firmeza como reclamando el territorio, sabes que es peligroso fumar aquí, podrías incendiarlo todo, le comento apenas levantando la mirada –mi estómago arde- súbete, ya nos vamos, ¡hey, compañero, porque no te vas a la chingada!, me dice uno de ellos, dejo los cafés sobre el toldo y le entrego unos Benson mentolados, meto las manos al abrigo para sacar las llaves ¡Qué no oíste, que te fueras a la chingada! Me dice otro y de inmediato le estrello mi puño en la boca, siento cómo un par de dientes se clavan en mis dedos y con ese impulso me retraigo para deformarle el parpado al que está a mi derecha, el tercero me golpea justo en el pómulo y entonces aquello se vuelve una danza burda de agitados esfuerzos por mantenerme en pie y ellos por derribarme, finalmente cedo a sus intenciones; me arrojo sobre uno de ellos y ya encima le destrozo el rostro como un maniático, los otros se incorporan, me toman del cabello, detesto que me pateen con mocasines y sandalias, me siguen pateando las costillas, cada vez más débilmente, gritando que lo suelte y yo sé que si lo hago estoy acabado.

Se acercan los empleados para separarnos, los tres tipos suben a un convertible y eso en verdad que me fastidia. Se largan. Espero todavía un rato en el suelo que a pesar de la hora sigue cálido y a estas alturas me comienzo a sentir un poco fatigado de cargar con mi vida. El coraje se combustiona y efervescen las lágrimas y sé que no podré contenerme. Entonces ella tira el cigarro, lo aplasta suavemente y se acerca para cubrirme con su sombra; desprecio el mundo, me dice, se hinca para tomarme de la mano, vámonos, no pienso abandonarte, contigo llevo todo lo mío. Me es inevitable acariciarle el rostro y mancho su maquillaje de sangre, sombras y polvo, comprendo que he recibido toda la compasión y el consuelo que el hombre necesita de la mujer. Le sonrío levemente y ella entiende que con ese gesto ha recibido la aprobación que toda mujer necesita del hombre. Me incorporo con el cuerpo molido y subimos al auto. El rostro me punza pero no es dolor sino una sentencia
-necesito ponerle un nombre a ese rostro-
-dime como quieras… “Tennesse”-
Lo aceptamos. Giro la llave. Enciendo el auto.


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