CAPÍTULO 1
Absolutamente nada. No recuerdo absolutamente
nada. Sólo tengo el rumor de un perfume y la imagen fija e un rostro masculino
ensangrentado. Mis ojos se clavan en el compulsivo parpadeo rojo del semáforo y
su luz intermitente llena de manchas carmesíes las gastadas vestiduras de este
viejo auto. Dentro, el silencio se hace a fuerza de una cantidad interminable
de pequeño ruidos.
-No me dejes tirado sobre la avenida- pienso.
Siento entonces cómo mis manos tiemblan
aferradas al volante. Estoy sudando, pero este sudor no es nuevo, puedo
adivinar que se trata de la acumulación de varias horas. Contrario a mi cuerpo
que hierve y se sofoca como si fuera el cuerpo de un adolescente, la camisa
negra y la playera debajo están empapadas de frío. Un auto detrás hace sonar su
claxon con furia y siento que me apura la mirada desencajada de un copiloto que
hasta ahora desconocía. No me atrevo a voltear, miro de reojo a una mujer de
tacones escarlata y cabello rubio platinado, que a su vez mira el arma que llevo,
a cartucho cortado, sobre las piernas.
Por la izquierda me rebasa un Versa gris con cuatro tipos que en pleno
alarde me insultan a gritos; uno de ellos baja la ventanilla y arroja a mi
puerta su vaso lleno vino. Los sigo con la mirada hasta que se pierden en la
siguiente curva y pienso que este no es el límite que espero, sin embargo, me
es inevitable fijarme en la placa del auto y me parece que se trata de alguna
manía personal. Meto primera, el auto se sacude y hace que se sacuda la tierra;
amaga con apagarse y ese acto me resulta familiar como la culpa, tanto que
sufro una regresión momentánea y recuerdo el Valiant Duster azul de mi padre, el humor de mi padre, sus ojos
embravecidos…
Noto que la mujer a mi lado tiene el mismo
semblante y a partir de ahora me provoca un desprecio indiferente y una
obligación sin responsabilidades y de alguna manera sé que puedo confiar en
ella, que ella puede contar conmigo.
Ahora lo sé, avanzamos hacia el norte cruzando
la Ciudad de México a través de la Avenida Insurgentes. Todo a nuestros
costados son impresiones de una vida que no quiso dársenos, que a palos nos fue
negada. La necesidad de un cigarrillo me golpea con un costal de resentimientos
y comienzo a buscar alguno en los bolsillos del abrigo, meto la Beretta debajo de mi pierna y sigo
buscando. La mujer a mi lado me ofrece una cajetilla de Benson and Hedges mentolados y para entonces no puedo soportar
ni verlos; se la arrebato de la mano y la arrojo a sus pies en un seco
desprecio sin gestos. Busco de nuevo en el bolsillo interior del abrigo y
encuentro unos Marlboro 100´s que me
tranquilizan apenas al tocarlos. Saco uno mientras sostengo el volante y rápidamente
lo enciendo. Aspiro profundo para que el humo ahogue todas las dudas que llevo
dentro, la primer bocanada me tranquiliza, el humo azul y gris golpea el
parabrisas y luego lo acaricia hasta llegar al tablero; entonces noto al
reverso de la cajetilla, metida entre el plástico y el cartón, una tarjeta con
el nombre de una mujer y una dirección, todo escrito a mano. Tengo que
encontrar a su dueña, ahora lo entiendo. La chica a mi lado recoge sus cigarros
y un cassette maltratado que mete en el autoestéreo. Suena Love Sick de Bob Dylan mientras ella se cruza de brazos para fumar,
mirando la acera llena de extraños que podrían lastimarte con cualquiera de sus
pretensiones; mientras yo entiendo que ambos preferiríamos estar allí que
dentro de este auto, pero que hemos respondido al llamado… tengo que seguir
conduciendo… el tiempo es un lujo que nosotros los exiliados, los desgraciados,
los imperdonables del mundo pequeño, no podemos darnos…
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