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13 de marzo de 2012

HASTA EL FIN DEL MUNDO


La autopista fue sólo tuya, el auto en complicidad decidió no detenerse. Durante gran parte del camino el auto parecía moverse solo, tú casi no manejaste. La velocidad con que avanzabas te hacía pensar que ésta no era una fatal aventura hacia el encuentro con tu destino, sino la confirmación de un vertiginoso desprendimiento. Al lado de la carretera el paisaje árido y llano agonizaba conforme el sol, que recién se levantaba, te daba alcance. No había nada que ver y durante horas no escuchaste más que el silencio del vacío. Nada qué ver además de una carretera interminable. Sólo te detuviste un par de pueblos atrás, te dolía la espalda, llevabas demasiado tiempo sentado. Aprovechaste para revisar el auto que seguía húmedo por el roció de la mañana, aunque no sabes nada de motores, ni de armas y mucho menos sobre episodios negros de carretera. Encendiste un cigarro que tiraste luego de unas cuantas fumadas porque la garganta comenzó a molestarte. Volviste a subir y volvió el camino.
Entraste a la ciudad alrededor de las diez de la mañana. No era un lugar feo, pero te desagradó inmediatamente y deseaste que tu permanencia allí no durara mucho tiempo.
A tu llegada, apenas encontraste un lugar para desayunar, pero a pesar del hambre que sentías, no comiste gran cosa, apenas un jugo y un par huevos revueltos con tocino; mientras la radio, recientemente encendida, tocaba canciones viejas a placer desde la cocina. Escuchaste a María Luisa Landín y también a Emilio Tuero antes de salir de aquel desayunadero apestoso y te acordaste de ella, aunque en realidad nunca dejaste de pensarla; recordaste las palabras dichas la noche anterior a su partida.
-Si alguien se atreviera a separarnos te buscaría hasta el final del mundo-. Y ella te dijo que ahí te esperaría.
Por unos segundos, repasaste en tu imaginación lo qué ibas a decirle cuando la encontraras y cómo esperabas hacerlo, pero inmediatamente pensaste que primero necesitabas hallarla. No podías regresar sin ella y tampoco podías ya regresar a todo eso que era ella y que eras tú; a todas esas cosas que los conformaban y que les daban significado. Pero este era el sitio exacto, habías llegado hasta aquí y tenías que localizarla. Más que por una cursi promesa, se trataba de un pacto. Encontrarla era la única forma de lacrar una voluntad puesta en marcha.
La gente rápidamente te ubico como extraño: citadino. Incluso el dueño del merendero, que no te quitó la vista desde que entraste al local, no pudo resistir y te preguntó con su voz fuerte y golpeada:
-¿Usted es de la ciudad, no?-. Tú sólo moviste la cabeza afirmando.
-¿Mucho esmog, mucha gente, no?- insistió.
-Un poco-. Dijiste seco para cortar, de una vez por todas, la conversación obligada. Te acomodaste los Ray Ban y tu pensamiento se fue a otro lado, no volvió a hablarte.
Recorriste las calles por las avenidas como cualquier turista receloso. No había muchos caminos que andar; la gente estaba como apagada, eran fantasmas durante el día en una tierra donde parecía que el tiempo no pasaba o no existía. Sus rostros agrietados y secos se confundían con la aridez del paisaje. Sólo bastó esta discreta caminata para que todos se enteraran de que eras un extraño. Buscaste una habitación en el primer hotel que encontraste y estuviste fumando recostado hasta que la última luz del atardecer fluyo a través de las cortinas. Dormiste hasta muy entrada la noche. Más tarde, con las hélices del ventilador abriendo con dificultad el humor del pueblo que se metía a la fuerza por la ventana; y con el cuerpo bañado en sudor, recordaste en orden cronológico todos tus días con ella, tratando de recrear los momentos tan exactamente como pudiste.
Para cuando las hélices te trajeron de vuelta, las sombras, el calor y los moscos, entraban igual que las luces de bares y antros que anunciaban el momento en que la ciudad cobraba vida. Miraste por la ventana cómo camionetas y autos lujosos (o lo que ellos suponían lujoso), salían de todas partes hacia la zona “roja”, como si hubieran estado agazapados durante el día, esperando este momento. Tomaste la chamarra de cuero y la 9mm, que semanas antes le  habías robado a tu primo y saliste. Compraste una cajetilla de cigarros y encendiste uno rápidamente. Aquel sitio era completamente distinto bajo la luna, seres extraños emergían de todas procedencias. Observaste a las prostitutas sin detenerte pero con minucioso cuidado, esperando verla en alguna de esas calles corruptas y desechadas; o por lo menos, encontrar algo que te dijera a dónde se había metido y hacia dónde te dirigías tú. Te buscaré hasta el fin del mundo, fueron tus palabras  y ella dijo que allí te esperaría.
Comenzó a dolerte la cabeza y parecía que te estallaban los ojos; estabas cansado y los dolores dieron paso a un estado de alerta psicótica. Sentías en el estomago ese malestar propio de quien ha traspasado sus límites y estabas terriblemente desesperado, cuando la encontraste cogiendo al lado de un vistoso letrero de neón que anunciaba un miserable antro. En un callejón maloliente y seboso, un tipo vulgar la penetraba lascivamente, mientras ella, a ojos cerrados, hundía sus dedos en la vagina que meses antes fuera sólo tuya, con inmenso goce, pero sobre todo con extraordinaria alegría. Entonces, algo dentro de ti se rompió y dejó escapar un infinito abatimiento y, al mismo tiempo, placer en iguales proporciones. Fue en ese instante que de veras te sentiste extraviado, fuera de lugar e impresionantemente solo. Te acercaste con cautela y tomaste su mano, sólo esto la hizo volver en sí, aunque no te reconoció enseguida.
-¿Tú?-.
-Sí, yo-.
-¿Por qué viniste?-.
-Te dije que te buscaría hasta el fin del mundo, pero no me esperabas ¿verdad?-. Sonreíste nervioso.
-¡Ay! ¡Pobrecito, pobrecito!-
Un grave empujón te lanzó al suelo. De manera instintiva tomaste la 9mm, botaste el seguro mientras cortabas cartucho y todo lo demás fue sangre y trozos de piel lacerada. La presión que tenías en el pecho, te hizo sollozar.
-Hijo de tu pinche madre-. Escuchaste y un dolor agudo se esparció por todo tu cerebro. El rostro de ella se perdió en la oscuridad de la inconsciencia.
El auto donde ibas sólo corrió durante algunos minutos, sin embargo, la madrugada te había alcanzado. No sabías la hora exacta pero arrodillado como estabas a mitad del llano, te pareció que sólo con tu mirada alcanzabas a ver todas las constelaciones, que tu cuerpo se fundía con el horizonte y un extraño pensamiento vino a ti inesperadamente: “A estas horas ya estarán apagadas todas las luces en mi casa”. Miraste por última vez tu rostro en un fugaz recuerdo. Ojos cerrados, escuchaste una estruendosa y resonante explosión, un ensordecedor ruido que no ha terminado...

17 de abril de 2011

De la novela: Un breve y mortal sueño

Pensar en ti, creer en ti, saber de ti y saber que existes más allá del entendimiento de tu existencia, y que así he podido levantarme de esta muerte enamorada de sí. De toda esa esterilidad del sentimiento y la descomposición de abismos en la mirada. Ser de ti, ser en ti, abandonarme en la distancia de ti, en el rumor de que, en algún “tal vez”, me viste buscar, encontrar, hallarte, esperar, encontrar, presentirlo, mirarte y sorprenderme en tu aparición inesperada, en tu desaparición inalcanzable. Sola, acompañada, en los pasillos, en las aulas, en el tiempo, en la espera, las horas y los días, sentada frente a mí, tan quieta y lejana, como inaudita, ahíta, riendo, sonriendo, seria, apresurada; y yo de todas las formas posibles en las que un hombre puede ver a una mujer, pero sobre todo pasmado, ignorado, expuesto, hecho un manojo de confusión entre tus sonrisas tiernas. Y tú eres una mujer tan mujer y tan real, limpia de vulgaridades. Te miro y encuentro en ti el secreto de las cosas y aquella iluminación que necesita la vida para renacer cada día, el aroma del silencio, la claridad entre las sombras que persiguen al mundo. Soñar contigo, andar contigo repartida entre mi razón y mis latidos y el ritmo de tus pasos, cerca de mí, lejos de mí, ausente, presente en la distancia, solitarios, inaccesibles y escritos en el cuerpo de los atardeceres y las lluvias, en la melancolía de los días y los soles, en el alma de las cosas hechas a semejanza de tu alma tan lejana de frivolidades. Concebirte en el silencio donde crece tu belleza, en el silencio donde mi voluntad se ha entregado a tu serenidad que no apresura consecuencias. Y puede ser que algún día, antes de encontrarnos por fin, definitivamente, me viste, en algún rincón, acariciando la eternidad marcada con el paso de tu figura, a la sombra de un anhelo que he escogido, que deseo y que fuera tu nombre y la figura de tus labios y tu piel igual que tu cabello y también tu mirada, con tus ojos que me reconocen y que me olvidan, me desconocen y quizá me habrán pensado un instante. Y yo soy todos los hombres que he sido, como todos ellos te miraron y enamorados e incrédulos, creyeron en que la duda se estaba resolviendo. Un amor y un beso, hechos del tiempo en que nos buscamos y creía que te pensaba y te sentía, pero aquí dentro, era demasiado tarde porque ya te encontrabas expandida, creciendo y me preguntaba, cuándo, cómo, en qué lugar del misterio de las horas te conocería, te podría ver claramente, para tomarte, en realidad tomarte sin que te deshicieras en signos y conceptos como las cosas, y sólo para quitarme esta urgencia de ser de ti, de ser en ti, abandonado, contrito, en tus manos, en tu palabra, tu fuego en que me consumo, con estas pupilas necesitadas de tu cintura y estos pies que buscan el camino por donde has pasado para llegar a ti; porque siempre me he sentido muy demorado contigo, muy dentro de esta eternidad fastidiosamente callada, tan improbable y desgarradora. Creces dentro de mí, te expandes en mí, me habitas, tan honda como la duda, como el espacio secreto e insondable de tu corazón, tan honda como la herida de tu ausencia, tan honda como esa antigua más que necesidad de conocerte, tan honda como tu perverso deseo ominoso.

Tomado de la novela: Un brreve y mortal sueño
Por Antonio Mejía

UN BREVE Y MORTAL SUEÑO

Novelas para el fin del mundo UN BREVE Y MORTAL SUEÑO (Antonio Mejía Ortiz, México 2019), nos conduce a un viaje a través del alma y la men...