POEMA 147
En algún lugar te encuentras, con tus virtudes flacas.
Un séquito lo bastante bizarro como para complacerte,
descubre en los restos de tu apariencia,
la altura necesaria para evadirse de las formas esenciales.
Éramos azules y violetas, igual que la tierra
¿Cómo volver a la oculta alegría de los tiempos inocentes
y leer poesía sin que martilleen las palabras?
¿Y estar en la imagen desde el odio?
En la superficie del rencor hallarás, encarnada,
la costumbre del nacimiento
y la sensación constante de la muerte,
a tu lado como un silencio vacío, un silencio absoluto.
POEMA 196
Todos los sueños que he tenido,
cada sueño que se repite desde los diez años,
las palabras desperdiciadas en conversaciones sin nombre,
palabras vacías en espacios sin volumen.
Las veces que traté de "bello" a lo que no era bello.
Las veces que entregué mi vida sabiendo que
pasado algún tiempo, la pediría de regreso.
Las veces que intenté, que nunca logré.
Las veces que sentí cómo se agitaba mi sangre en el vientre.
Las mujeres que amé y no olvido,
aunque pueda fingir perfectamente que lo he hecho.
Los silencios hondos en la espera.
Los pensamientos: moscas alrededor de la cabeza y entre el cabello.
El presentimiento de las circunstancias
a pesar de las convicciones perdidas.
La certidumbre de lo inalcanzable.
Toda la desesperación y la blasfemia, el temor;
la pasión y el semen revolcándose en el lecho
de una eyaculación perversa.
Lo insatisfecho que puede estar un hombre sin darse cuenta.
La mala semilla que despliega sus alas como ave carroñera
para alimentarse de mi cadáver que es cobardía.
Los instantes de vértigo;
la escala humana de un ser roto y desintegrado.
La vida a pesar de todo: imperturbable, fatal, indiferente.
Antonio Mejía
El espacio vacío donde se manifiesta el fenómeno de la experiencia sensible; o el lugar donde publico los trabajos que nadie quiere publicarme.
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9 de abril de 2012
9 de febrero de 2011
Poesía
9
Puedo viajar sin conocerme, sin dar aviso,
vagar como hace el cuervo…
de nuevo he llegado perdido y deshecho,
sin límites sociales,
ni tiempos para la estructura,
ni conocimientos valorables.
Prefiero el recuerdo
a la necesidad del tiempo.
No puedo ver silencio donde hay silencio;
genero lugares, acabo sentimientos.
Puedes ser la flor
y en la flor
¿Puedes ver la flor?
15
Cuando empezó el sueño
no pude decir: Creo en él.
Múltiples imágenes vienen a mi mente,
los besos en que deseaba que estuvieras.
Tengo un momento para reflexionar e
imaginarme oscuro,
alejado de la tierra y el cielo.
Tengo un momento para decir que
ésta no es mi patria,
y que el suelo pisado, como tu corazón,
no me pertenecen.
Tengo un recuerdo constante del futuro.
Ni siquiera puedo imaginar
el cuerpo sin espíritu o viceversa,
porque lo encuentro encarnado
en los huesos, los músculos, la piel,
viajando con la sangre.
Las noches me duelen, esas que antes fueran
sólo noches: un cigarro y una cama.
Quiero irme, quiero aprender a leer
los versículos que desconozco,
quiero mantenerme vivo, sentir como
se despereza mi existencia,
como se acaban los vicios y regreso
a ese estado de virginidad primigenia,
necesito sentir que corre en mí
el silencio del amor ausente,
las ganas de jalar aire, comprobar
que en verdad sirve, que no es
manía aprehendida con el tiempo.
Quiero volar para saber andar por la tierra,
que las costillas se extiendan,
las alas se doblen, porque no es suficiente
un lugar al cual llegar o un destino.
Hace falta una ideología, no como tal,
una propia, que al fin será parte
de esa filosofía de la energía
que mueve el mundo, que se mueve
por debajo del mundo y espera
un momento para transformarse.
Yo quiero ser distinto,
porque éste que soy me jode.
Puedo viajar sin conocerme, sin dar aviso,
vagar como hace el cuervo…
de nuevo he llegado perdido y deshecho,
sin límites sociales,
ni tiempos para la estructura,
ni conocimientos valorables.
Prefiero el recuerdo
a la necesidad del tiempo.
No puedo ver silencio donde hay silencio;
genero lugares, acabo sentimientos.
Puedes ser la flor
y en la flor
¿Puedes ver la flor?
15
Cuando empezó el sueño
no pude decir: Creo en él.
Múltiples imágenes vienen a mi mente,
los besos en que deseaba que estuvieras.
Tengo un momento para reflexionar e
imaginarme oscuro,
alejado de la tierra y el cielo.
Tengo un momento para decir que
ésta no es mi patria,
y que el suelo pisado, como tu corazón,
no me pertenecen.
Tengo un recuerdo constante del futuro.
Ni siquiera puedo imaginar
el cuerpo sin espíritu o viceversa,
porque lo encuentro encarnado
en los huesos, los músculos, la piel,
viajando con la sangre.
Las noches me duelen, esas que antes fueran
sólo noches: un cigarro y una cama.
Quiero irme, quiero aprender a leer
los versículos que desconozco,
quiero mantenerme vivo, sentir como
se despereza mi existencia,
como se acaban los vicios y regreso
a ese estado de virginidad primigenia,
necesito sentir que corre en mí
el silencio del amor ausente,
las ganas de jalar aire, comprobar
que en verdad sirve, que no es
manía aprehendida con el tiempo.
Quiero volar para saber andar por la tierra,
que las costillas se extiendan,
las alas se doblen, porque no es suficiente
un lugar al cual llegar o un destino.
Hace falta una ideología, no como tal,
una propia, que al fin será parte
de esa filosofía de la energía
que mueve el mundo, que se mueve
por debajo del mundo y espera
un momento para transformarse.
Yo quiero ser distinto,
porque éste que soy me jode.
5
I
Busco entre mis cielos
la forma de nombrarte
y sólo encuentro una historia
que ha terminado
aunque no fue contada
por tu boca
a causa de mis “luegos”
en el ensueño de mis labios.
II
¿Qué quiero decir?,
No hay calma en los días,
con el paso del tiempo mi discurso
se ha vuelto predecible,
como las palabras que no serán dichas.
Esto era un sueño llamado esperanza:
lo más cruel y
doloroso que contigo me ha pasado.
Qué tienen mis horas, qué tienes tú en mis horas,
que las vueles muertas e intraspasables.
¡Has contaminado mi existencia!
Vendrás mortal y efímera como los recuerdos,
Sabrás que no te olvido, que pienso en ti,
que aún te sueño, que aún, sin embargo me dueles,
De tu voz perdida se ha hecho la mía,
resultas inalcanzable hasta para ti misma;
eres el radio de este circulo complejo, radio infinito
que en el caos busca su coherencia;
serás de otros
como nunca de mis versos,
tu cuerpo, tus labios,
como a veces de quien no te quiso;
se disipa el color y las cosas
al tiempo que tu de mi mirada,
habla triste el silencio y
languidece mi voz al escribirlo
Ya no te quiero, en verdad, nada de lo que te he querido
Pero al decir esto que es lo último,
estoy triste porque es cierto.
I
Busco entre mis cielos
la forma de nombrarte
y sólo encuentro una historia
que ha terminado
aunque no fue contada
por tu boca
a causa de mis “luegos”
en el ensueño de mis labios.
II
¿Qué quiero decir?,
No hay calma en los días,
con el paso del tiempo mi discurso
se ha vuelto predecible,
como las palabras que no serán dichas.
Esto era un sueño llamado esperanza:
lo más cruel y
doloroso que contigo me ha pasado.
Qué tienen mis horas, qué tienes tú en mis horas,
que las vueles muertas e intraspasables.
¡Has contaminado mi existencia!
Vendrás mortal y efímera como los recuerdos,
Sabrás que no te olvido, que pienso en ti,
que aún te sueño, que aún, sin embargo me dueles,
De tu voz perdida se ha hecho la mía,
resultas inalcanzable hasta para ti misma;
eres el radio de este circulo complejo, radio infinito
que en el caos busca su coherencia;
serás de otros
como nunca de mis versos,
tu cuerpo, tus labios,
como a veces de quien no te quiso;
se disipa el color y las cosas
al tiempo que tu de mi mirada,
habla triste el silencio y
languidece mi voz al escribirlo
Ya no te quiero, en verdad, nada de lo que te he querido
Pero al decir esto que es lo último,
estoy triste porque es cierto.
Poema uno
1
No logro acostumbrar mis manos
a la condición particular del silencio comprimido
que existe entre los dedos.
Me doy cuenta de que me faltas.
Todo este tiempo, te imaginé ahí,
al terminar la fiesta, el ruido, la inercia del jubilo,
y pasada la medianoche
regreso a casa, acabo los caminos,
recorro las calles, olvido a las personas,
miro perros asegurar deseo ¡No me siento bien!,
y pareciera que no vengo de ningún lado, que todo
el tiempo transcurrido, no hubiera pasado en serio;
las personas se hacen lejanas,
inalcanzables, difíciles de salvar las miradas,
suspendidas en un líquido luminoso
que avanza por las sutiles tramas de la estructura,
pero no las toca; como si una capa impermeable
hiciera difícil el acercamiento.
Después de la fiesta hay una calma de desfogue,
una calma que recuerda la tensión del músculo,
un hacer sin hacer nada, como dicen que
sucede en los pueblos, en los lugares que no son ciudad,
porque no se les ha permitido;
es como un transcurrir de las cosas en silencio hueco,
lento casi ausente, es la ciudad recorriéndose
por una ventanilla de automóvil, una ventana de alma.
La personas pasan y la parsimonia como la ausencia de los cuerpos,
el lugar inexacto, distante y oculto donde queda el espíritu
luego del ritual del cuerpo, es un alejamiento,
un ser ajeno a todo que se interioriza,
un territorio que sin ser recuerdo hace brotar lugares y personas
que han pasado en personas y lugares,
y no han sucedido del todo.
Transcurrir en el estribo de la vida, en las noches
que se han perdido en zonas desconocidas,
recorrer en tren una ciudad que se siente perdida
pero extrañamente propia.
Es ver la muerte de la sucesión del tiempo
porque las horas no quieren ser lo que se les indica,
es como estar espantado y sonriente y perdido, envuelto
y luego estirar el rostro, volver al sitio de la partida,
saber que él, ya no es él mismo.
Los límites astrológicos se dispersan,
las referencias de espacio se pierden, todos los días son un sábado,
un recuerdo permitido y aceptado, un estar constantemente
abatido por el frió en las manos, por el hierro helado de las mejillas al sereno,
es caminar devuelta a la puerta del resguardo,
y mirar un mundo vuelto loco ofreciéndose,
donde no existe un orificio para fugarse del desenfreno:
los colores y el deber de estar animosos,
las bandadas de hierba, una gran planta, un germen,
la formula de vida que se nos ofrece.
Se piensa que el mundo está vuelto o envuelto o enconchado,
la periferia en silencio, los locales cerrados, una tarde jueves,
un jueves santo. Afuera, el resplandor de las ventanas,
aparece la sensación de calidez,
como para alegrarse de su existencia. Las luces de navidad hacen
nostálgico el entorno. Un terreno que capta los demás lugares,
llamado recuerdología o recuerdológico.
Es un recuerdo que no se puede formar completo,
pero está presente, enriqueciéndose de las fachadas que se
logran observar mientras se avanza, se avanza, se…
Los automóviles espaciados con una lentitud intranquila,
el olor de otra casa, otros procesos, detenido
justo antes de los ojos, se respira,
la remembranza:
los mismo días en las mismas fechas pero de otros años.
Todo el tiempo invertido para ir,
para no ir;
la gente vendiendo momentos antes del festejo
a la gente desesperada en encontrar algo
porque ya se han arreglado, tomaron del guardarropa
la mejor disposición y aceptaron cambiar la soledad íntima
por una idea de esperanza; no pueden quedarse en la raya,
como anteriormente, como siempre, como lo habían pensado un instante
antes de salir enfrentando a las parejas y las familias, todos los
que no están solos, aunque no estén acompañados.
Ese querer indagar por las calles donde se cree que nada pasa,
para saber si pasa algo mínimo o pequeño,
los detalles que se escapan a la mirada lenta y trabajosa,
la ansiedad, el dolor, las irremediables lágrimas
que no germinan. Buscar en medio de las risas,
de los niños, alegres por la festividad y los juegos,
la delicadeza de una mano con identidad y mundo compartido,
y encontrar humo, cigarro, una forma de alterar el estado
y la conciencia de la soledad en el cubo, no más que una forma
distinta de distraer al mundo y sus consecuencias.
Volver al paso, al dolor de estos labios
suicidas y su desesperación de coraje,
que el mundo cerrado en su particular caos
no entiende. Soy un naufrago
de las calles en los días de fiesta y jubilo.
No hay más forma de salir, sólo esa que la mente
proporciona, y no es suficiente.
Mi mano necesita unos labios y
mis labios una mujer. Me duelen los días,
los festejos, lo perdido
las veces que se han marchado.
Me falta una mano y un lugar de vicio, una dirección desconocida,
esperar una llamada,
la hora para hacer una llamada,
un lugar certero, cierto e indestructible,
estos días en que necesito ocultarme,
desaparecer, no dejarme percibir,
hasta que pase
y pueda volver a lo que se nombra: verdadero
No logro acostumbrar mis manos
a la condición particular del silencio comprimido
que existe entre los dedos.
Me doy cuenta de que me faltas.
Todo este tiempo, te imaginé ahí,
al terminar la fiesta, el ruido, la inercia del jubilo,
y pasada la medianoche
regreso a casa, acabo los caminos,
recorro las calles, olvido a las personas,
miro perros asegurar deseo ¡No me siento bien!,
y pareciera que no vengo de ningún lado, que todo
el tiempo transcurrido, no hubiera pasado en serio;
las personas se hacen lejanas,
inalcanzables, difíciles de salvar las miradas,
suspendidas en un líquido luminoso
que avanza por las sutiles tramas de la estructura,
pero no las toca; como si una capa impermeable
hiciera difícil el acercamiento.
Después de la fiesta hay una calma de desfogue,
una calma que recuerda la tensión del músculo,
un hacer sin hacer nada, como dicen que
sucede en los pueblos, en los lugares que no son ciudad,
porque no se les ha permitido;
es como un transcurrir de las cosas en silencio hueco,
lento casi ausente, es la ciudad recorriéndose
por una ventanilla de automóvil, una ventana de alma.
La personas pasan y la parsimonia como la ausencia de los cuerpos,
el lugar inexacto, distante y oculto donde queda el espíritu
luego del ritual del cuerpo, es un alejamiento,
un ser ajeno a todo que se interioriza,
un territorio que sin ser recuerdo hace brotar lugares y personas
que han pasado en personas y lugares,
y no han sucedido del todo.
Transcurrir en el estribo de la vida, en las noches
que se han perdido en zonas desconocidas,
recorrer en tren una ciudad que se siente perdida
pero extrañamente propia.
Es ver la muerte de la sucesión del tiempo
porque las horas no quieren ser lo que se les indica,
es como estar espantado y sonriente y perdido, envuelto
y luego estirar el rostro, volver al sitio de la partida,
saber que él, ya no es él mismo.
Los límites astrológicos se dispersan,
las referencias de espacio se pierden, todos los días son un sábado,
un recuerdo permitido y aceptado, un estar constantemente
abatido por el frió en las manos, por el hierro helado de las mejillas al sereno,
es caminar devuelta a la puerta del resguardo,
y mirar un mundo vuelto loco ofreciéndose,
donde no existe un orificio para fugarse del desenfreno:
los colores y el deber de estar animosos,
las bandadas de hierba, una gran planta, un germen,
la formula de vida que se nos ofrece.
Se piensa que el mundo está vuelto o envuelto o enconchado,
la periferia en silencio, los locales cerrados, una tarde jueves,
un jueves santo. Afuera, el resplandor de las ventanas,
aparece la sensación de calidez,
como para alegrarse de su existencia. Las luces de navidad hacen
nostálgico el entorno. Un terreno que capta los demás lugares,
llamado recuerdología o recuerdológico.
Es un recuerdo que no se puede formar completo,
pero está presente, enriqueciéndose de las fachadas que se
logran observar mientras se avanza, se avanza, se…
Los automóviles espaciados con una lentitud intranquila,
el olor de otra casa, otros procesos, detenido
justo antes de los ojos, se respira,
la remembranza:
los mismo días en las mismas fechas pero de otros años.
Todo el tiempo invertido para ir,
para no ir;
la gente vendiendo momentos antes del festejo
a la gente desesperada en encontrar algo
porque ya se han arreglado, tomaron del guardarropa
la mejor disposición y aceptaron cambiar la soledad íntima
por una idea de esperanza; no pueden quedarse en la raya,
como anteriormente, como siempre, como lo habían pensado un instante
antes de salir enfrentando a las parejas y las familias, todos los
que no están solos, aunque no estén acompañados.
Ese querer indagar por las calles donde se cree que nada pasa,
para saber si pasa algo mínimo o pequeño,
los detalles que se escapan a la mirada lenta y trabajosa,
la ansiedad, el dolor, las irremediables lágrimas
que no germinan. Buscar en medio de las risas,
de los niños, alegres por la festividad y los juegos,
la delicadeza de una mano con identidad y mundo compartido,
y encontrar humo, cigarro, una forma de alterar el estado
y la conciencia de la soledad en el cubo, no más que una forma
distinta de distraer al mundo y sus consecuencias.
Volver al paso, al dolor de estos labios
suicidas y su desesperación de coraje,
que el mundo cerrado en su particular caos
no entiende. Soy un naufrago
de las calles en los días de fiesta y jubilo.
No hay más forma de salir, sólo esa que la mente
proporciona, y no es suficiente.
Mi mano necesita unos labios y
mis labios una mujer. Me duelen los días,
los festejos, lo perdido
las veces que se han marchado.
Me falta una mano y un lugar de vicio, una dirección desconocida,
esperar una llamada,
la hora para hacer una llamada,
un lugar certero, cierto e indestructible,
estos días en que necesito ocultarme,
desaparecer, no dejarme percibir,
hasta que pase
y pueda volver a lo que se nombra: verdadero
24 de mayo de 2010
Del tiempo cuando el hombre era también un ave
POEMA 3
I
Adquiero la forma circular e inextinguible:
la longitud del vaso.
Turbio letargo entre gotas.
Mi boca crea dentro una marea, antes de caer
en picada y atravesar el músculo.
En el vaso, una cabalgata de embriaguez y bruma
hace débil su imagen tras el cristal,
espuma que revienta espesa contra mis labios,
timón y guía hacia tu boca,
aliento insospechado que me conduce
a una extraña condición de ahogado
salino y vaporoso, que hiela
el vaso, su cualidad, los huesos,
única región que me conozco
y en que puedo atraparte,
natural en tus actos, tu sonrisa,
tus modos invulnerables de estallar
las fatalidades en conjunto.
II
Querías una canción y dijiste
que un cigarro más sería un dolor de cabeza,
te dije que lo pensaras y
eso te convenció y lo hiciste.
¡Qué música tan degradada bajo nuestras voces!
Conversaron tus comisuras con
mis parpados, les contaron todo lo que
en su actitud enmarañada,
ya me habían dicho en alguna ocasión.
Mis dedos hinchados aplastando
la estructura de un trago,
latían brevemente y eran momentos
de paranoia desconsolada,
mis labios secos reventaban angustiados
y un poco más allá,
corría por mis venas el vicio del exterminio
¡Qué miseria la de mi cuerpo!
Hoy puedo mirar mis heridas,
rojas y pobres. No puedo ofrecer nada.
¡Qué ganas de aplastarte con mi cuerpo!,
con la intensidad de mi sangre,
traspasar el vació entre lo sexual
y lo sensual
y dejar de admirarte
tras el vaso que atraviesa mis ojos cocidos...
III
Por mis estepas vagaba un gran caballo
de color blanco oscurecido,
que decidimos no domar
porque poseía una concepción propia,
y un día como buscando amor
quiso perderse, escapar, irse
tras de un sueño en el que
creía particularmente.
No ha vuelto.
Si tan sólo al encontrarnos
me dejara cabalgarlo,
galoparíamos incesantemente
con una pasión indescriptible,
porque sabría todo lo que deseo
llegar hasta donde
predicen nuestro encuentro.
I
Adquiero la forma circular e inextinguible:
la longitud del vaso.
Turbio letargo entre gotas.
Mi boca crea dentro una marea, antes de caer
en picada y atravesar el músculo.
En el vaso, una cabalgata de embriaguez y bruma
hace débil su imagen tras el cristal,
espuma que revienta espesa contra mis labios,
timón y guía hacia tu boca,
aliento insospechado que me conduce
a una extraña condición de ahogado
salino y vaporoso, que hiela
el vaso, su cualidad, los huesos,
única región que me conozco
y en que puedo atraparte,
natural en tus actos, tu sonrisa,
tus modos invulnerables de estallar
las fatalidades en conjunto.
II
Querías una canción y dijiste
que un cigarro más sería un dolor de cabeza,
te dije que lo pensaras y
eso te convenció y lo hiciste.
¡Qué música tan degradada bajo nuestras voces!
Conversaron tus comisuras con
mis parpados, les contaron todo lo que
en su actitud enmarañada,
ya me habían dicho en alguna ocasión.
Mis dedos hinchados aplastando
la estructura de un trago,
latían brevemente y eran momentos
de paranoia desconsolada,
mis labios secos reventaban angustiados
y un poco más allá,
corría por mis venas el vicio del exterminio
¡Qué miseria la de mi cuerpo!
Hoy puedo mirar mis heridas,
rojas y pobres. No puedo ofrecer nada.
¡Qué ganas de aplastarte con mi cuerpo!,
con la intensidad de mi sangre,
traspasar el vació entre lo sexual
y lo sensual
y dejar de admirarte
tras el vaso que atraviesa mis ojos cocidos...
III
Por mis estepas vagaba un gran caballo
de color blanco oscurecido,
que decidimos no domar
porque poseía una concepción propia,
y un día como buscando amor
quiso perderse, escapar, irse
tras de un sueño en el que
creía particularmente.
No ha vuelto.
Si tan sólo al encontrarnos
me dejara cabalgarlo,
galoparíamos incesantemente
con una pasión indescriptible,
porque sabría todo lo que deseo
llegar hasta donde
predicen nuestro encuentro.
A.M.
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