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20 de marzo de 2015

DISOLUCIONES (Novela por entregas)

CAPÍTULO 8 BITÁCORA: HACIA TENNESSE(Borrador archivo Diego Henestrosa. Investigador Privado)



Gatsby me dice que recién había sido ascendida en la agencia, Tennesse apareció de la nada pidiendo trabajo. Todavía era muy joven y muy a pesar
de su carácter volátil y de su necesidad de disolverse en la vida, no parecía una puta de profesión ni siquiera una de esas putitas que llenan las universidades y los colegios y que cobran ilusiones en lugar de billetes, al menos así lo expresó Gatsby. Tú no eres una puta, qué carajos haces aquí cuando debieras estar buscándote la vida, le preguntó durante la entrevista antes de la entrevista cuerpo a cuerpo; no hay más mundo para las personas como yo, contestó y de inmediato se puso a la defensiva, si no quieres contratarme alguien va a querer hacerlo, dijo y se encaminó hacia la salida. Gatsby la detuvo porque se percató de que estaba perdida en serio y para ser sinceros, también la había atrapado. Al parecer, con un poco de suerte, Tennesse hubiera podido seducir al mismo Jesucristo.

Salimos del hotel y pasamos rápidamente al lobby por un trago, pido un whiskey doble y ella “lo de siempre”, diciéndole al barman que se trata de un negocio personal y determinante. Bebo con avidez pero mi garganta no es tan profunda o joven o no tiene tantos motivos como la de Gatsby que hace pasar el licor sin remilgos y con todo, yo sigo pareciendo un bruto sin modales en comparación con la elegancia de esa mujer frente a la cual, todo sexo se sentiría humillado en su natural fealdad. Termina, toma una servilleta y se limpia la boca dejando perfectamente marcados sus labios púrpuras, da media vuelta y se dirige hacia la salida. Yo respiro y sigo bebiendo mientras detengo la mano del barman que ya recoge la servilleta; dejo el vaso sobre la barra y me guardo esos labios en el bolsillo interior del saco. Parada en la gran puerta del hotel, se cierra la gabardina y ésta vuela gracias al siempre violento e inesperado aire de la Ciudad de México; frente a ella los autos pasan velozmente dejando estelas rojas y
blancas; la noche detrás de los edificios iluminados es densa y la gente
camina de un lado a otro, ignorando que forman parte del precario equilibrio del milagro de la decadencia. Me acerco y la tomo del brazo, así caminamos hasta mi automóvil, le abro la puerta, ella sube, enciende un cigarro. Qué haces, no puedes fumar dentro del auto, ella me mira con más sentencia que extrañamiento, espero un par de segundos y le sonrío, es una broma, claro que puedes fumar aquí dentro, puedes incendiar la ciudad y luego meterla aquí dentro si lo deseas, ella sonríe y me dice que soy un cursi, así que soy un cursi, bueno, bastante viejo para ser cursi, ‘¿no?, ser viejo es en sí ya una cursilería, pero le viene bien a esa cara de hijo de puta que tienes, entonces los dos nos carcajeamos, dame un cigarro, me da el que tiene las líneas de sus labios, pensé que serían mentolados, los mentolados son para niñas. Nos alejamos en silencio sobre la avenida…
le abro la puerta, ella sube, enciende un cigarro. Me siento y tomo el volante, me quedo un segundo en silencio y ella me pregunta si puede fumar dentro, claro, por supuesto que puedes fumar le contesto y busco mis cigarrillos pero los chingados cigarros no aparecen, si quieres te doy uno, saca la cajetilla para ofrecerme. Gracias no sé dónde quedaron los míos. Enciendo el cigarro. Enciendo el auto. Nos alejamos en silencio por la avenida.

Más tarde le pregunto acerca de la agencia, pero me dice que no sabe nada y que de eso no piensa hablar así que es mejor que no insista. Me dice que su mayor interés en todo esto es saber que Tennesse se encuentra bien. Me indica el camino pero antes de llegar me detengo en una tienda de 24 horas, voy por cigarros le digo y me meto a la tienda para comprar también una pequeña botella de whiskey, el chico que atiende me recomienda que me lleve latas porque es más práctico y le contesto que el whiskey en lata es como un ramo d flores, como el tronco de un árbol recién cortado, como el amor de una mujer que se larga sin volver el rostro: algo dentro late pero en realidad se trata de muerte; y luego de un instante en silencio me pregunta si voy a pagar con tarjeta de crédito y yo pienso que es una
tristeza que el mundo sea una granja de idiotas a los cuales se acostumbran las hembras quienes siempre quieren ser libres y así la situación en este jodido planeta. Luego de un buen trago regreso y comienza a lloviznar y las calles se llenan de un dulce olor a carne fresca...
Conozco bien a Tennesse porque fuimos pareja durante dos años ¿Es lesbiana? No ¿Entonces? No confía mucho en ellos, no entiendo, es demasiado, esa es su complicación con la vida, que siempre fue demasiado y al mismo tiempo frágil… como todo lo bueno en este mundo de la chingada… ¿tenía algún enemigo, problemas con alguna compañera, algo, cualquier conflicto en el trabajo? No que yo supiera, quiero decir ninguno más allá de los normales en este trabajo. ¿Y ya vas a decirme qué buscas exactamente con ella? Es que no estoy seguro, hasta donde sé puede estar secuestrada, puede haber matado a alguien y estar huyendo o quizá puede estar muerta, por eso necesito pistas. Llegamos hasta los departamentos donde vive Tennesse. El tipo de seguridad nos deja pasar luego de anotar la placa, pedirme una identificación, hacer doscientas preguntas y realizar un llamado preventivo a los refuerzos más cercanos.

Caminamos a través del estacionamiento para invitados y en medio de las casas iluminadas, del ambiente hogareño y familiar, adivino que para Gatsby todo esto resulta igual de ajeno e hiriente. Por fin encontramos el número 24, al lado unos chicos tienen una fiesta bastante ruidosa, ella se adelanta mientras yo palpo lo compacto del revolver debajo de la camisa. Las luces del departamento de Tennesee están apagadas y el polvo en las ventanas parece llevar días acumulándose ¿Hay algún lado por el que podamos entrar?, ayúdame a sostener esta rejilla… De la fiesta salen tres tipos bastante ebrios contando dinero, si buscan a Tenn, no ha venido en días, quién sabe en qué anda esa morra, me dice uno con esa manía de los jóvenes de suprimir y distorsionar el idioma; ¿la conoces bien?, le pregunto. A veces salimos a beber o de fiesta cuando tiene días libres, pero hace varios días que no la he visto por acá. Estás seguro de que no ha venido ni de pasada. Bastante seguro, ¿ustedes son familia o algo? Sí, soy su papá, pero no me contesta el teléfono, por eso vinimos a verla. Pues si
quiere puedo brincarme por atrás y de una vez vemos si está o no, a veces lo hacía cuando se le quedaban las llaves adentro, me dice y de inmediato lo hace. Una vez abierta la puerta, me dice que no está, entramos. El departamento es una bodega de papeles, recuerdos, figurillas y demás chucherías de gran valor sentimental –supongo- pero completamente intrascendentes, además de eso todo parece bastante convencional como cualquier habitación de chica universitaria. Efectivamente parece que no ha estado por aquí en varios días, se escucha un gran destrozo del otro lado, ahorita regreso dice el chico y salen corriendo, me apuro a recoger su laptop y antes de salir veo y me extraña, una sola fotografía colgada inusualmente en la cocina, la… le digo a Gatsby sin poder pronunciar la palabra y le señalo casi desesperado, ¿la fotografía?, ¡¡¡sí, sí, tráela!!! Apagamos las luces y cierro con seguro. Los chicos regresan y me preguntan si todo va bien, claro, yo creo que estará con su tía, regresamos en un par de días, gracias. Antes de irnos, nos piden un par de cigarros. Se los damos.

Al salir el tipo de seguridad, luego de otras doscientas preguntas me dice que tiene que revisar el auto, le digo que es guardia de seguridad no policía de la dictadura, pero que puede estar seguro de que no he robado nada. El tipo me ordena que baje y le abra el maletero y yo odio a los tipos que se toman atribuciones que no les pertenecen para compensar su desequilibrio psicológico. Mejor hazlo y vámonos, me dice Gatsby. Bajo, ya frente al maletero pasan dos autos a nuestro lado, uno se detiene, el chico amigo de Tennesse se asoma por la ventanilla, no hay problema son familiares de la chica del 24, dice y desaparecen tambaleándose sobre sus cuatro llantas. No
importa, ábralo o aquí vamos a tener problemas, me vuelve a ordenar y para entonces ya estoy más que exasperado. Abro el maletero, él mete su cara para revisar y está por ordenarme que levante la alfombra cuando le pongo el cañón de la S&W en la nuca dejándolo frío, levanta las manos, tiembla y me ruega que no lo mate, ¡mira cabrón, para ser así de molesto eres bastante idiota!, y ni te espantes que no voy a hacerte nada, sólo que me disgusta tu actitud, ahora ve por mi credencial y cálmate, sí señor. Antes de irme le hago ver que tiene anotada mis placas y que ha visto mi rostro, pero que sigo siendo más listo y decidido que él, así que es un buen momento para mejorar como persona y no hacer otras pendejadas. Nos vamos. Qué fue todo eso, me pregunta Gatsby. Yo y mi mala actitud para con el mundo…

En la foto aparece Tennesse con dos idiotas en un antro de la Zona Rosa ¿Quieres un trago?, le pregunto a Gatsby. ¿No creerás que allí vamos a encontrarla, verdad?, es una idea estúpida. Así pasa la gloria del mundo,
linda. Eso es una cursilería, me contesta, saco la botella, le doy un trago y se la paso, ella enciende dos cigarros y me regala uno con las líneas de sus labios impresas, ¿Demasiado viejo para ser cursi? La vejez es en sí una cursilería, pero como pareces un hijo de puta creo que te viene bien. Me sonrío y le contagio a ella un poco de risa. Nos alejamos en silencio sobre la avenida, mientras me crece en el estómago esa sensación de cuando dejas de estar en paz con la maldad y el fuego está por arrasar la tierra…

19 de enero de 2015

DISOLUCIONES (Novela por entregas)

CAPÍTULO 7


BITÁCORA: HACIA TENNESSE
(Borrador archivo Diego Henestrosa. Investigador Privado)

Doce Horas más tarde, me despierta el llamado incesante del teléfono
celular; contesto sobresaltado luego de varios sueños inquietantes porque últimamente las imágenes se me arremolinan en múltiples y confusas visiones en mi cabeza, algunas muy personales otras de viejas amistades que se perdieron en esta miserable cotidianidad. El teléfono, las redes sociales son así, como la inminente espera de una mala noticia. El chico que me contrató me llama para decirme que tiene todos los datos del sitio de escorts y que aún más, que me ha concertado una cita con la chica que tiene más tiempo trabajando allí, me dice que no fue fácil pero que a través de unas vagas mentiras y unos cuantos movimientos bancarios desde los oscuros fondos de la red, los contribuyentes más adinerados de este país van a patrocinar nuestra investigación y que así, estos “contribuyentes” hechos de la injusticia social contribuirán al servicio de la justicia moral, me lo dice con esas palabras, me dice que si no me pone contento esta ironía literaria, me lo dice con un tono de satisfacción aspiracional que me fastidia. Me pide que me conecte por Skype o algo así y que por allí podemos charlar y compartir la información. No tengo nada de eso, le contesto cortante, de hecho casi no enciendo la computadora, pero mándamelo a mi correo, él se carcajea horriblemente y por un momento pienso que se está ahogando, luego me dice que eso es del siglo pasado. Espero tu correo, le contesto y cuelgo. Pienso que toda su tecnología es también del siglo pasado, que todos los adelantos tecnológicos no son sino adornos de algo que ya era desde el siglo pasado.

Me desperezo sobre el sillón y me pregunto cuándo fui a sentarme al sillón allí; para entonces los zapatos me están matando y Harry me ha calentado el vientre como a un radiador sin agua. Tengo una colilla todavía pegada entre mis dedos y la botella de Vat al lado de mis piernas. El cenicero se ha caído esparciendo ceniza, colillas y vidrio por toda la sala. El gato se despierta, se estira sobre mí encajándome sus uñas y de un salto se libra del caos; come un poco, bebe agua haciendo gestos como indicándome que debo cambiarla y voltea a mirarme fijamente, inmóvil. No te preocupes ya limpio todo este desmadre, le digo y eso basta para que de otro salto llegue a la ventana y se largue. Los gatos tienen esa cualidad de hacerte sentir que estás cotidianamente en deuda con ellos.

Me pongo a limpiar, me baño, como me alimento un poco algo mientras reviso la información. Parece un sitio bastante legal para todo lo ilegal que allí ocurre seguramente, como todo en este país sin buen gusto, se trata de un lugar muy profesional pero falto de clase y glamour, es una especie de men´s club para la alta burocracia. La cita se realizará en un hotel conocido a las 20:00 horas. Mi nombre será Alfonso Paredes, que es el que comúnmente uso en casos como este; el de ella Ofelia Castillo aunque en privado debo llamarla Gatsby y esto ya me inspira un poco de confianza en que no se tratará sólo de una tonta con bonito cuerpo.

Tomo el último trago de la botella, enciendo un cigarrillo y salgo hacia el hotel, todavía es temprano pero soy maniático de la puntualidad y además quiero ver a Gatsby cuando entre el lobby, necesito leerla antes de enfrentarme con ella, saber de qué forma se sobrepone a la presión de esta hipócrita sociedad que nos ha contaminado a todos con sus cuentos rosas y su sexo en rasurado. A esas horas, los establecimientos decentes comienzan a cerrar y los indecentes apenas se preparan para recibir toda nuestra necesidad de reafirmarnos en oscuras calles y exóticos tragos sin embargo algo llama mi atención sobre la avenida, en medio de casas abandonadas y entre un ensuciadero de grafittis superpuestos unos sobre otros, apenas alejada de la zona comercial, se encuentra una librería con un logo idéntico al del sitio de escorts y en este momento de mi vida se me hacen insoportables las casualidades. Me detengo unos metros adelante, enciendo el último Lucky de la cajetilla y camino lentamente observándolo todo con detenimiento. Frente a la entrada doy una fumada más, en ese momento sale el dueño y me dice que está a punto de cerrar pero que si quiero un libro en especial, quizá pueda vendérmelo. El librero parece más del tipo intelectual a la antigua, con peinado de raya al lado perfectamente relamido, grandes lentes de gota y escaso bigote bien cuidado. No, no se preocupe, quería echar un vistazo porque me pareció bastante pintoresco su lugar, le comento. Claro que es pintoresco, me responde, tenemos abierto desde antes que el D. F., fuera un estado, desde que era una regencia, imagínese, me responde con un orgullo que nadie tendría únicamente por un montón de libros. Tiene alguna tarjeta o algo porque estoy de pasada y quizá olvide la dirección, le pregunto y el tipo se me queda viendo con suspicacia, como tratando de encontrar un detalle en mi rostro o mi persona que pueda recordar por si las cosas se complican, ¿ya le habían hablado de mi librería? Me pregunta en un tono cordial pero que por un


momento me manda de nuevo a la primaria y contento contengo mi necesidad de contestarle de inmediato que no, que yo sólo pase por allí porque iba a hacer unas compras y una serie de tonterías que sólo me descubrirían; en cambio, le sostengo la mirada, miro de nuevo el nombre y el logo del establecimiento y le contesto digo que no, pero que no sería raro si es que tienen tanta tradición como acaba de decirme; el tipo me mira unos segundo más como tratando de encontrar un gesto que delate mi mentira; ¿y qué libro andaba buscando?, me pregunta para insistir, ah, pues uno de Rimbaud, donde venga Sueño para el invierno, le digo y comienzo a leerlo también y él de inmediato se acomoda las gafas. Pues creo que tengo unas tarjetas dentro, por qué no pasa y ahorita buscamos su libro, me dice con cierto aire de que voy a encontrar algo más, eso que “ando buscando”, pero en desde hace unos meses que no sé lo que ando buscando y prefiero no arriesgarme; no, no se moleste, prefiero regresar luego y con calma revisar yo mismo, ya sabe que eso de meterse en una librería requiere su tiempo, nunca sabe uno con qué va a encontrarse, le comento. Eso, sí, eso sí, me responde y se mete por la tarjeta. Me la entrega, le agradezco y camino de vuelta hacia mi auto. Por el retrovisor de una auto camioneta veo que hace señas a alguien dentro y ese alguien, un gordo enano sale de inmediato detrás de mí, supongo que con la orden de vigilarme, de otra manera no habría avanzado tanto. Sigo de largo cuando llego al auto y me meto en el primer Oxxo que encuentro a comprar unos Lucky Strike. Mientras pago veo al gordo de ida; me quedo viendo las revistas y lo veo de regreso. Me fumo un cigarro en el estacionamiento y luego voy por mi auto dando un rodeo por las calles. Aun cuando estuvieran esperándome, en medio de esa oscuridad no podrían identificarme ¡¡Mierda, se me ha hecho tarde!!

Llego corriendo al hotel y me siento a esperar, sudoroso, fatigado y con la respiración a tope, como si hubiera corrido una maratón de 5 kilómetros, me digo que debo bajarle al cigarro, pero eso me digo desde los treinta años. Me limpio el sudor y me acomodo la ropa. Por un momento me parece que ha pasado sin que yo pudiera reconocerla, pero entonces la veo y entiendo que mi mente pertenece a otra época, que mis estereotipos son en realidad decadentes. Aparece en la entrada un mujer cerca de los cuarenta pero que en realidad no los aparenta, con una vestimenta hípster que de inmediato me envejece diez años y es que a excepción de ciertos lugares muy específicos ya es casi imposible distinguir a una prostituta de una chica cualquiera. La veo entrar y caminar hasta la recepción donde la atienden con una galantería ya anacrónica. Ya han pasado los mejores días de este hotel pero sus empleados siguen conservando los modales de un siglo pasado que se diluyó en la disolución precipitación de las individualidades. Gatsby entra arrancando las miradas de propios y extraños y por el breve momento en que se encuentra en el lobby, logra sacarnos a todos de la mediocridad de nuestras emociones y pensamientos; su cabello café cae sobre su frente y hace un medio remolino para terminar en puntas decoloradas sobre sus hombros, su maquillaje es tan discreto pero colocado en los puntos exactos para que por un momento me sienta avergonzado de mis labios partidos por el frío y la deshidratación. Viene enfundada en una gabardina impecablemente blanca estampada con golondrinas en varias posiciones y luego sus largas piernas desnudas que rematan en unos botines rojos de piel. Apenas abre la boca le dan la llave de la habitación. Se encamina hacia el elevador y desaparece blanca y cándida por sobre el velo de la incredulidad de quienes compartimos un mar de falsos conceptos e ideas tergiversadas acerca de la vida. Ella flota hacia el elevador y desaparece detrás de sus puertas metálicas y yo no puedo más que recostarme sobre la pequeña sensación de muerte de suspira sobre mi costado. Me digo que debo ser profesional, pero quién puede serlo en esta ciudad del demonio cuando ha visto la belleza de frente.

Voy a la recepción y digo que me están esperando, menciono el nombre de Ofelia Castillo, por favor su identificación señor Paredes y su ticket, me dice el chico, le muestro la identificación falsa y le pregunto para qué carajos necesitan un nombre sobrenombre entonces, es cuestión de discreción señor Paredes, sólo cuestión de discreción, aunque si usted prefiere… no, déjelo así, le contesto. Habitación 111, tiene dos horas. Subo al elevador, muy de cuerdo a la situación, se escucha Everybody knows del grandioso Leonard Cohen. Pienso que sería un error hacerse aquí el rudo, pero que tampoco debo parecer primerizo aunque de seguro se me ve la cara. no importan cuantas experiencias tengas, la primera vez para algo nada más no puedes deshacerte de esa cara de idiota que se aferra al rostro.

Ya en el pasillo comienzo a ponerme nervioso, como un puberto en la primer cita donde sabe que inevitablemente tendrá que besar a la chica; y cuando estoy a punto de tocar, me detengo porque las piernas me tiemblan, no puedo creer que un arma cargada frente a mi rostro me cause menos impresión que una mujer que usa guantes blancos. Saco la anforita y le doy un trago largo. Llamo sutilmente a la puerta y ella pregunta quién es, le digo que Alfonso Paredes, ella abre y se va a sentar en los pequeños sillones, sirve dos tragos de tequila y me da uno. La saludo y ella me pregunta qué quiero hacer, me quedo pasmado por un momento… si tienes pensadas cosas raras de una vez te digo que llevo acá algún tiempo como para aguantármela… no, en realidad tenía algunas preguntas…. No doy entrevistas, así que si quieres hacer un reportaje te me vas al carajo, pero antes te me encueras no quiero salir en las noticias… me dice Gatsby con una pose de novela gráfica que me saca una sonrisa… de qué carajos te ríes imbécil… de que para ser una puta, tienes una actitud del carajo… no soy una puta cualquier, tú sabes cuánto pagaste para que yo estuviera aquí… en realidad pagaron los contribuyentes…. Qué…. Es un chiste local y en realidad muy idiota… entonces?.... me termino el trago y arrojo el vaso, mira linda, no soy burócrata ni nada por el estilo, no tengo un trabajo convencional ni nada de esas idioteces que crees saber sobre mí, soy un investigador privado, necesito hacerte unas preguntas y no me voy hasta que me contestes, puedo salir de este hotel en un dos por tres y no trabajo sólo, si pudimos traerte aquí podemos encontrarte hasta el fin del mundo, ¿entiendes?... ¿Investigador privado, como en las películas?, ¿estilo Raymond Chandler? Vaya, una piensa que esas cosas sólo pasan en las películas o en las novelas negras, qué quieres saber, me dice Gatsby realmente emocionada y yo sólo pienso en que las prostitutas se han ido superando mientras nosotros seguimos creyendo que podemos rescatarlas salvarlas. Le sonrío a su sonrisa de niña que recién abre su regalo navideño y voy por mi vaso. Sírveme una más y te cuento. Ella lo hace. Dentro de mí, no tengo más pensamientos: Gatsby, espero no ser tan viejo.

18 de octubre de 2014

DISOLUCIONES (Novela por entregas)


CAPÍTULO 4


Big kiss from faraway mexico



Apenas alcanzamos la Avenida principal, el auto se volvió indolente y adquirió una velocidad constante. Al interior de mi mente, las líneas blancas sobre el asfalto se hicieron a un ritmo que le vendría bien al viejo Leonard Cohen. Aburrido de buscar una canción que congeniara con la helada y sórdida postal que era la ciudad a esas horas, me fui quedando en silencio. El viento que entraba por la rendija que había dejado en la ventanilla para que no sé congelara Tennesse, me mantenía en el camino mientras mis piernas y mis brazos se carbonizaban. Calles vacías, negocios cerrados, una vaciedad intranquila -como la que queda después del desfogue- me adormecían.
Parte del frío se me había quedado en el pecho a fuerza de nicotina pero obligado a mantenerme despierto mientras ella dormía, volví a fumar aun cuando las cenizas y las colillas de una cajetilla de cigarros se desbordaban manchándome el pantalón y las botas de tacón italiano; aun cuando apareció esa tos de cuando ha sido demasiado. A través del Rosario colgado en el retrovisor, las luces neón de los autos, en un parpadeo, se convertían en enrojecidas miradas y finalmente en puntos lejanos como los acontecimientos en mi memoria, como colillas desapareciendo velozmente por el costado del auto. Mientras yo me encorvaba sobre el volante, a mi lado Tennesse se metía en el asiento, abrazando sus varias bolsas. Me preguntaba qué podría estar sucediendo detrás de esos parpados, detrás de ese rostro que obligado a una paz momentánea, se había transformado en una paradoja que reflejaba el candor de la vida, la dura realidad de la muerte. Aunque días después con la boca llena de malteada y pan de arándano me diría con esa insolencia inocente que ella no sabía qué era soñar, porque nunca había soñado.

Llegamos al motel alrededor de las cinco de la mañana. La expresión del tipo que nos recibió me hizo consciente del ruido que hacía el desastre que llevábamos por auto y al que ya me había acostumbrado o quizá fuera que me encontraba demasiado agotado como para atender nada más que el cansancio. El tipo que parecía haber salido recién de una granja de desintoxicación, me pasó por alto y despertó a Tennesse con vagas preguntas tratando de descubrir si había llegado allí por voluntad propia; su mirada sin embargo se clavó en las bolsas, se entretuvo en revisar lo que llevábamos dentro del auto. Como toda mujer que se hace respetar, ella respondió dirigiéndose a mí: cariño dile por favor al empleado que se apresure. Con esa altanería que busca suplantar la dignidad me asignó una habitación y no me perdió de vista sino hasta que cerré la puerta de la habitación.

Apenas entramos, sin siquiera abrir los ojos, Tennesse se fue directo hacia la cama, en el camino se deshizo de los tacones, dejó todas las bolsas sobre el suelo a una distancia en que pudiera tocarlos y se metió sin reparos entre las cobijas, como si conociera de sobra el monótono diseño de ese tipo de lugares. Recorrí el sitio con la mirada, apagué las luces, encendí la lámpara de piso y me aseguré de cerrar bien la puerta. Recordé que eso debe hacer uno en los hoteles de paso aunque tuve la sensación de nunca haber visitado un sitio como este. Me recosté al lado de Tennesse, su semblante era dulce y calmado como si no hubiera dormido así en mucho tiempo. Abrió un poco los ojos y me sonrió ligeramente para volver a dormirse. Cómo es que una chica acepta ser fornicada por un pobre diablo entre sábanas y decoraciones hechas específicamente para no significarle nada a nadie. Qué clase de hombre le niega su casa a una mujer mientras ésta no sea una puta callejera. En algún punto, al comentar esto con ella me diría entre risas que para ser un misántropo autodrestructivo resultaba yo bastante delicado.

Tal vez era la pinta del lugar o que me había dado mala espina el tipo de la entrada pero no pude conciliar el sueño aunque era preciso que durmiera unas horas si quería continuar mi camino. La mugre sobre el rostro comenzó a fastidiarme así que me levanté y fui hacia el lavabo para enjuagarme la cara. Me saqué la gabardina y la camisa que para entonces no era más que un trapo macilento. Caí en cuenta que durante toda la noche Tennesse no me había llamado por mi nombre, que era lo bastante amable como para preguntarme en caso de no saberlo y que a mí me avergonzaba aceptar que lo desconocía. Pensé que en mi billetera podría encontrar la respuesta, algún indicio de quién era y qué hacía; algún rastro que me dijera en qué lío del demonio andaba metido como lo presentía. Con la poca luz que llegaba desde la lámpara pude ver en una licencia de conducir, un rostro, un nombre, una dirección, un montón de papelitos y esas cosas que se guardan. Me acerqué al espejo para asegurarme de si se trataba de mí efectivamente. A través de la oscuridad pude por fin ver con calma mi rostro y tuve esa sensación de cuando se encuentra de nuevo a un amigo de la infancia, sin embargo no era yo el de aquella credencial, entonces traté de leer el nombre pero me era prácticamente imposible, alguien debería encender una jodida luz en este chiquero, me dije y esa frase me llevó a pensar que al entrar en el motel no había visto ni una luz encendida además de la improvisada en la cabina de la entrada, fue entonces que escuché sigilosos pasos afuera y me petrifiqué un segundo como sucede con la realidad justo antes de un accidente o de una violenta sacudida de las circunstancias.

Me asomo hacia la puerta de la habitación y la barata perilla de plástico color amarillo comienza a girar lentamente después de que la llave entra, hendidura por hendidura, lentamente en el cerrojo. Dejo la billetera sobre el lavabo, me acerco a la gabardina para tomar del bolsillo interior la Beretta, y silenciosamente me arrodillo justo enfrente de la entrada pero en el muro opuesto. Con toda la suavidad posible corto cartucho y la puerta que ya se abría se detiene un instante para luego azotarse. Una sombra entra y de un salto se echa encima de Tennesse que despierta sobresaltada y en su intento de escapar termina enredada entre las sucias sábanas. La habitación se llena al instante de un fétido olor que es mezcla de axilas sudadas, thinner y cemento amarillo. La segunda sombra apenas pone un pie dentro levanta su brazo izquierdo para hacer destellar una escuadra. Mi vista es mala, más cuando todo es oscuridad y la lámpara está parpadeando en un rincón como una idiota, pero desde hace varios segundos tengo su pecho en la mira, se encuentra a menos de cinco metros de mi posición y en este momento estoy seguro que no hay nada que la divinidad o el mundo pueda hacer para detenerme. Él recorre toda la habitación con el cañón de la pistola esperando encontrarme. Aúlla todo tipo de elaboradas groserías para decirme que no se me ocurra hacer alguna pendejada y que salga de una puta vez porque si no, van a chingarme en serio. Pero lo que no saben es que ellos están aquí no para menoscabar mi voluntad sino precisamente por ella, que todo esta serie de eventos tienen qué ver conmigo y no con ellos. El tipo de la escuadra azota en seco contra el suelo al final de mis cuatro disparos y de inmediato su cuerpo queda pegado a la alfombra barata; su arma se escurre bajo de la cama donde Tennesse patalea y berrea intensamente para no ser aprisionada por la primera sombra que frenéticamente busca al mismo tiempo someterla y bajarse los pantalones para sacarse la verga.

Luego de los primeros disparos, la tercera sombra se congela en el quicio de la puerta y el tipo encima de Tennesse me jura que va a matarme por haber baleado a su hermano, entonces me levanto y mientras él se arrodilla en la cama en un torpe intento por quedar de pie, lo tomo por el cabello y le pego el cañón de mi arma al cuello, la carne se cuece y el olor aún no se ha disipado cuando le meto dos balas en el cuello y una más en el pecho; la sangre brota a chorros manchándome incluso el cabello. Entre mis dedos siento ese pequeño temblor que deja la carne reblandecida por el fuego. Le apunto a la tercera sombra que se aferra a un desarmador en punta y jalo el gatillo hasta darme cuenta de que me he quedado sin balas. El tipo duda un momento y amaga con venírseme encima pero lo detengo arrojándole el arma a la cabeza. Él se agacha y yo de un salto llego hasta donde se encuentra para echármele encima como sucede en las películas de vaqueros. Aquello se convierte en un amasijo de puñetazos y rasguños y así nos incorporamos únicamente para que me levante por las piernas y me azote de espaldas contra el cemento liso del pasillo. Para entonces cada músculo de mi cuerpo está fundido, respirar se me hace complicado y observo cómo el rostro desencajado de una sombra toma impulso para apuñalarme. Todo se devuelve al silencio, todo camino no va a otro sitio sino al final del sendero. Veo un guiño irónico de la muerte en la punta del desarmador que se levanta para tomar impulso. Una detonación sorda. Un salvaje chispazo de magia que abre el amanecer, donde una feroz luna llena se encapricha sobre el firmamento que ilumina los límites de la ciudad que ha sido nuestro universo. La ceniza de las nubes se pinta de rosa por un momento. Las luces de colores que me nublan la mirada comienzan a desaparecer y veo a Tennesse de pie a mi lado, empuñando con fuerza la escuadra que sigue humeando como un espíritu penando en el otoño de esta mañana. A lo lejos las campanas de una iglesia suenan y nos llaman al hogar de los arrepentidos, pero Tennesse, somos lo que somos, el diablo nos ha arrastrado hasta esta circunstancias, tú y yo sabemos que Dios no se preocupa por alejarnos del pecado, que así hemos luchado porque fuera distinto, que entregamos todo, que nos fuimos perdiendo poco a poco, porque así nos dijeron los lobos del hombre que conseguiríamos alcanzar nuestros deseos, pero nunca fue suficiente para ellos y ahora nuestra voluntad se ha entregado a su inercia y ya no podemos solucionarlo, pero tú eres mi reconciliación, eres el esplendo entre la hierba, te has convertido en esa oración a la que se vuelve en los peores momentos de este desprecio por el mundo.


Me levanto con dificultad y le quito el arma de las manos a Tennesse, recogemos nuestras cosas y ella me ayuda a llegar hasta el auto. Nos subimos y atravesamos las calles perjudicadas por el vulgo que nos gobierna. Atravesamos tugurios, bares, prostíbulos de mala muerte, obscenos hoteles y abandonadas plazas. Ella me dice que conoce a alguien cerca, que debiéramos ir allí para asearnos y descansar, porque para entonces el rostro se me ha vuelto una pegajosa plasta de sudor, mugre y sangre. Nos quedamos en silencio y es la primera vez que con ella me siento incómodo, enciendo la radio para cubrir mi imposibilidad de tener una conversación espontánea. La Ciudad de México que es ajena a las perversiones nocturnas está despertando, apenas alcanzamos la Avenida principal, el auto se vuelve indolente a mis órdenes y se mueve por sí sólo, como si supiera a dónde vamos. Al interior de mi mente, las líneas blancas sobre el asfalto entran al ritmo de un misterioso Nick Cave
-Ain't Gonna Rain Anymore.

-¿Qué?-
- Ain't Gonna Rain Anymore, de Nick Cave, es esa canción- me dice Tennesse mientras busca un cigarro en sus varias bolsas. La miro de reojo, todavía se ve asustada pero no parece intranquila. Enciende el cigarro y frente a nosotros cae un rayo gordo y brillante y de inmediato se derrumba el cielo sobre nosotros. El día se ha nublado pero no hace frío y la tormenta me viene bien ahora, para calmarme el alma.
-Conoces a Nick Cave, ¿te gusta su música?-

-No particularmente, pero pienso que es adecuada por… todo esto… ya sabes; las ruinas y el naufragio- me dice señalando a la radio. Le pido un Marlboro y me lo enciende; sus labios quedan marcados en el filtro. Aspiro profundamente aunque me resulta doloroso y mis ojos inyectados se pierden en el blanco resplandor de esta incertidumbre.

12 de septiembre de 2014

DISOLUCIONES (Novela por entregas)

Capítulo 3 (ANEXO 1)


YO QUIERO TENERTE

Yo quiero tenerte
Yo quiero estar contigo
Yo quiero que te recuestes detrás mío
y me hagas el amor a tu ritmo
el que Yo te he enseñado
Los orgasmos están sobrevalorados
mientras nosotros nos devaluamos
en cada relación
en cada misteriosa aparición de los sexos
Yo no quiero que te preocupes de mis orgasmos
esa es una aventura mía
en la que únicamente eres un personaje secundario
es un juego en el que Yo pongo las reglas
Yo no tengo nada
Yo no soy dueña de nada
Yo no quiero ser dueña de nada
Yo quiero serlo todo
Yo quiero ser la leche que nutre este mundo

“Tennesse”
Ciudad de México
La India, 3:00 am


A VECES UN DÍA

A veces despierto y pienso que apenas cierre la puerta de mi casa
me iré lejos, que no podré detenerme.
A veces pienso que al caminar por las calles olvidaré mi nombre,
que la próxima vez que me vea en el espejo seré vieja
con el cabello canoso y el rostro negro,
y que entonces sabré qué anduve buscando todo ese tiempo.
A veces pienso que caerán sobre mí como un edificio
que se derrumba
todas las enfermedades, todas las alegrías,
todo el amor, todo el dolor, el odio
o la vida
y que entonces no hallaré remedio
porque al fin me aceptarán en este su mundo
los adoradores antropófagos;
que no tendré que ir parchando mis emociones
con paliativos pasajeros
porque tendré un egoísmo verdadero.
A veces despierto y me atemoriza el cielo y el infierno,
el placer y el pecado,
lo implacable y lo omnipotente.
A veces despierto y pienso que estoy contenta con lo que tengo
que no importan los fracasos, que el mundo es perfecto,
Así terrible y solitario como es,
que la humillación y la exclusión apenas son un precio
como tantos otros
porque todos tienen un precio.
A veces despierto y pienso que si encontrara
un pobre cuerpo desalmado
me ocuparía de él para
luego habitarlo
y encender una luz todas las noches.

“Tennesse”

Ciudad de México

2 de septiembre de 2014

DISOLUCIONES (Novela por entregas)

CAPÍTULO 3



Entramos a la cantina, una canción suena tristemente en la rockola y cuando acaba únicamente quedan las pequeñas voces de los meseros que se cuentan chistes con el cantinero, el cual se encuentra distraído viendo un noticiero deportivo en el televisor; el lugar está vacío excepto por un viejo bebedor que al fondo, en la última mesa duerme desparramado sobre una botella de tequila a medio beber y un plato de plástico con frituras rancias. Nos sentamos en los taburetes, se acerca uno de esos meseros ancianos cuya actitud va mucho más rápida que su cuerpo, como si se fueran tomando la vitalidad de los borrachos que poco a poco van perdiendo la energía y agotando la conciencia. Mira a Tennesse y su expresión cambia de inmediato, en un santiamén se vuelve más jocoso y dicharachero; hace un par de chistoretes viejísimos y clava la mirada en las heridas y la sangre seca que aún tengo en el rostro para preguntarme qué voy a pedir para la “señorita”, haciendo un énfasis en las comillas, con más amistad que malicia. Únicamente hago un débil movimiento con la mano indicándole que decidirá por sí misma y ella pide una copa de Jack Daniel´s sin hielo, yo le digo que me traiga una Negra Modelo pero de inmediato se interpone su voz femenina para reclamar que no hemos venido hasta acá para bebernos una cerveza, que eso es bastante cutre, declaración que el mesero reafirma con un sarcástico “hágale caso a la señorita (esta vez sin comillas) ella sabe… ¿cerveza?, ni que estuviéramos en una fonda a las tres de la tarde”, seguido de una amplia carcajada que se expande por todo el salón haciendo eco. Ignoro si alguno conoce el significado exacto de la palabra “cutre” pero no quiero investigarlo y entonces pido otro Jack. Enseguida, dice el mesero y se va hablando sólo como hacen los tipos chistosos en las cantinas antiguas. Dame unas monedas voy a poner una canción, de algún modo tenemos que alegrarnos la vida, dice Tennesse. Saco unas cuantas monedas y se las entrego en la mano, ella se levanta y camina hacia el aparato. Sería justo decir que su cuerpo no es perfecto pero resulta atractivo aun dentro de toda esa vestimenta exagerada. Se mueve cadenciosa y a paso lento, segura de que todos allí dentro la miramos, segura de que ha aprendido bien el caminar de las divas hollywoodenses. Se inclina sobre la rockola y sus caderas se pronuncian con un erotismo que viene a demasiado incluso a esta hora. Elige durante un buen rato golpeando suavemente el suelo con el imposible tacón derecho de sus zapatos. Luego da media vuelta y camina a prisa para que la música le alcance en el camino. Suena No headstone on my grave y en seis pasos largos y cuatro pequeñísimos llega a nuestra mesa. En ese instante, como sugestionado por el aliento teatral de Tennesse, aparece el anciano mesero para dejarnos nuestros tragos y se va con una leve risa entre los dientes.
-Dónde en toda esta ciudad mal parida encuentras una cantina que tenga en su rockolla un disco de Jerry Lee Lewis- Le pregunto, no creyendo en la extraordinaria sucesión de eventos que caen a buen tempo.
-Esta es una noche distinta; yo soy una musa distinta; quizá hoy también tú puedas llegar a ser distinto-me dice moviendo los hombros al ritmo de la música y con una sonrisa pícara en sus bien definidos labios
-Tennesse, estoy presintiendo que toda tú eres una paradoja-
-CARA Y CRUZ[1]: Vida: soy de tu cara y tu cruz. / Casi siempre / colgada boca abajo, / pero fuerte como una telaraña al viento. / Mi corazón arde, / pero yo soy escarcha fría resplandeciente.”- Dice antes de comenzar a desmantelar su extravagante belleza dos horas después de que tomara con suavidad mi mano para apartarla del camino y desviarnos hacia una de esas cantinas solitarias del centro. Con el tiempo sabría que su mente era capaz de recordar poemas completos, párrafos enteros, expresiones exactas de todo tipo, incluso las que leía pintadas en los baños públicos y todo para cumplir con ese ritual suyo de hacerse y deshacerse a sí misma a través del personaje que había aceptado ser para sobrellevar la vida.
De un trago se bebe todo el contenido del pequeño vaso y comienza a sacarse las pestañas dejándome ver por fin sus dos grandes y profundos ojos cafés, luego se quita el cabello rubio platinado y brota de allí dentro una larga cabellera negra como mi suerte; se saca los tacones escarlata y los coloca a su lado, toma de un bolso unos zapatos de piso tan discretos que antes nunca hubiera podido relacionarlos con ella. Sentada como está se deshace del brilloso y ceñido vestido para ponerse uno de líneas negras sobre la tela blanca, de manga corta y sin escote que define mejor su edad, su belleza natural, su verdadero carácter. No pudo pasar por alto que el brasier y las bragas combinan perfectamente. De las bolsas del vestido toma unos guantes blancos y lentamente los hace a sus delgados dedos para señalarle al mesero que traiga otra ronda; me apresuro a beber y observo cómo cuidadosamente se quita el exceso de maquillaje y hace algunos nudos con su cabello para que no le estorbe.
Al final me encuentro sentando con alguien que es completamente distinta, por lo menos cinco años menor de lo que hubiera pensado y aunque aún no podría decir que la respeto, sí lo pienso dos veces antes de tirarle algún comentario desatinado. El mesero trae la siguiente ronda y nos quedamos como dos bobos, mirándonos sin saber qué sería lo adecuado; yo trato de leerla pero me encuentro como saliendo al sol de la tarde luego de haber dormido toda la mañana; por su lado, me parece que ella me tiene clasificado y con todo, permite que siga jugando el rol que me corresponde.
-No podemos quedarnos mucho tiempo, todavía hay algo que no hemos hecho- le comento.
-Voy a hacer una agenda empezando hoy, que termine dentro de diez años, para que al llegar a este día pero en diez años, sepa cuantas carcajadas pude sacarle a Dios con los planes que tenía para mi vida- me comenta, como iniciando uno de esos juegos íntimos que tienen las parejas después de cierto tiempo.
-Mi padre era implacable, no dejaba pasar nada. Si alguien se quejaba de nosotros era costumbre suya suponer que efectivamente éramos culpables y entonces nos azotaba. Decía que debíamos aceptar que así era la vida, que no podíamos hacer nada para cambiarla. Que él buscaba la razón y lo justo, que no iba a cubrirnos por el hecho de que fuéramos parte de su familia. Cuando se hizo viejo le sobrevino una revelación espiritual y se llenó de compasión y misericordia. Nunca entendió por qué fuimos tan duros e implacables para con sus errores, nunca entendió por qué, según él, estábamos tan equivocados, pero nos perdonaba y nos siguió perdonando hasta el día de su muerte y así fue como se salió con la suya el viejo-.
-Los orgasmos están sobrevalorados, yo no quiero que tú te preocupes de mis orgasmos, esa es una aventura mía a la que no has sido invitado…[2]-.
Seguimos hablando así durante una hora excepto por las salidas a fumar o cuando ella iba a poner nuevas canciones. Finalmente pagamos la cuenta, me pide que suba el cierre de su vestido y salimos a la calle. Enciendo un cigarrillo, me pregunta a dónde es que nos dirigimos, saco la tarjeta y se la muestro, ella la mira con cierto desaire.
-Conozco un poco la zona, puedo decirte cómo llegar más rápido-.
-Pues vámonos, no quiero dormirme manejando-le contesto, abro el automóvil y subimos.
Nos alejamos del lugar y No headstone on my grave se desvanece entre las calles del centro repleta de chicos que en la madrugada comen o fuman, que entran o salen de las cantinas y bares; y mientras más pienso en aquello que persigo más me voy sintiendo perseguido. Pienso en Tennesse y me digo que es como una prostituta virgen, como una madre que me da hijos que son hermanos, como una antagonista que se lleva los aplausos al final de cada acto. Pienso que todo este viaje, que todo este paseo por el amor y la muerte, incluso yo mismo, en realidad formamos parte del destino de Tennesse; que si ella decidiera desaparecer toda la ciudad se vendría abajo. Pienso que no importa qué haga de ahora en adelante porque necesitaré quererla, pero que debo hacerlo clandestinamente para que no me disuelvan las potencias inevitables de su orgullo. Me doy cuenta de que ella se ha convertido en el ombligo del mundo y de que yo continúo siendo un esclavo…Don't put no headstone on my grave, all my life I've been a slave. Want the whole wide world to know, that I'm the man that loved you so. Mama, mama, don't you cry, i'm gonna meet you in the by and by, in the sweet by and by…




[1] Monroe, Marilyn: http://lejosdeltiempo.wordpress.com/
[2] Estimado lector, la conversación aunque extensa y metafórica me parece interesante sin embargo podría distraer de la acción dinámica aunque secundaria de nuestros personajes, por tal motivo la podrá encontrar completa próximamente en el anexo a este capítulo (N. A.).

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