Para B.P.
Tampoco se te quita esa forma de los dientes
aunque pienses que has cambiado;
la mirada que atraviesa las intenciones
ni la piel blanda y dulce de tus senos
y tus labios como tus pezones, pequeños y definitivos:
formas en que el amor renace con la contemplación.
Evoco las ganas y el placer de sentirte viva aunque errada;
imaginaste la existencia como un descubrimiento
del desprecio mutuo y la decencia pusilánime.
Te resistías al origen del carácter como
una perra embustera y por eso te he querido siempre.
Sabías qué juego te acomodaba para ganar,
sabías tus sensaciones y cuándo ibas a dejarme y
cómo no podía realmente hacer nada.
Ahora mismo te necesito y así lo digo
con las palabras más pedestres del imaginario,
pero me sirven, me funcionan, como alguna vez
el ladrido de los perros acompañando nuestros ajetreos
y como fue el vino y las sombras,
las palabras ausentes en la borrachera,
el "de veras te quiero" cuando nos amábamos;
por eso tenías que hacerte lejana, a través de mí
y no desde mí, no conmigo.
Sin embargo nunca perdiste los besos delgados,
ni esa caída en tu nariz ni tus pechos tan grandes
como la necesidad en el mundo,
tus senos de madrugada soñolienta,
tus senos de calor en la sustancia,
tus senos de soledad amordazada,
tus senos de estambre y terciopelo,
de playa desnuda y mojada,
tus senos de tarde en la espera,
tus senos de tinta pálida derramada,
tus senos de fin de mundo y amigo solitario y
malidecente al final del tiempo,
tus senos de blanco amanecer insomne,
tus senos de tumulto enardecido,
tus senos igual que tu boca: tu boca de algodón
y el filo endeble de tus brazos sin color;
y tu manera de lograr lo que deseaste
aunque algunas cosas fueron tonterías;
en una pequeña cima del mundo despreciándonos a todos,
eligiéndonos, tan iguales como siempre.
Con tu sincera amistad que nadie necesitaba
y tu vida desintegrada a causa de la sonrisa
que te llenaba la cara.
Y mis manos a través de tu juventud mojada y virgen
como tu piel de papel cebolla
¡Cuántas ganas de destruirte en un beso, que dosificaste
con tus manera limpias y la levedad acariciatoria
de tus dedos! El punto luminoso y etéreo sobre tu ojo:
precipicio donde se oculta la flor de fuego;
y el perfecto nudo de tu lengua siempre agitada,
obligada a la mesura. Pero tu calor no cambia,
tu calor que lleno las líneas de mis manos
con secretas escrituras de un destino que
quisieron moldear los idealistas cursis del amor eterno,
cuando pensamos en arrojarlo al abismo para que lo incendiara
y calentara la tierra frígida de nuestras emociones.
Se detuvo tu sangre y se contrajeron tus órganos
en el espacio vacío cuando te llenaste de lindas trivialidades,
de horas en los sitios de moda, como hacen las chicas de ciudad
y te olvidaste de todo y te llenaste de mustias amistades
para no escuchar eso que te arañaba las piernas y el vientre
y te reventaba la mirada porque sabías que ellos
querían de ti nada más que a ellos mismos.
A pesar de todo, seguirá tu piel intacta como tus senos
adormecidos y tus pezones inconmovibles hasta mi regreso;
tus labios tiernos y despiadados en la piel del suspenso
y tu voz como tus pasos que serán tu forma.
El espacio vacío donde se manifiesta el fenómeno de la experiencia sensible; o el lugar donde publico los trabajos que nadie quiere publicarme.
14 de junio de 2011
3 de mayo de 2011
17 de abril de 2011
De la novela: Un breve y mortal sueño
Pensar en ti, creer en ti, saber de ti y saber que existes más allá del entendimiento de tu existencia, y que así he podido levantarme de esta muerte enamorada de sí. De toda esa esterilidad del sentimiento y la descomposición de abismos en la mirada. Ser de ti, ser en ti, abandonarme en la distancia de ti, en el rumor de que, en algún “tal vez”, me viste buscar, encontrar, hallarte, esperar, encontrar, presentirlo, mirarte y sorprenderme en tu aparición inesperada, en tu desaparición inalcanzable. Sola, acompañada, en los pasillos, en las aulas, en el tiempo, en la espera, las horas y los días, sentada frente a mí, tan quieta y lejana, como inaudita, ahíta, riendo, sonriendo, seria, apresurada; y yo de todas las formas posibles en las que un hombre puede ver a una mujer, pero sobre todo pasmado, ignorado, expuesto, hecho un manojo de confusión entre tus sonrisas tiernas. Y tú eres una mujer tan mujer y tan real, limpia de vulgaridades. Te miro y encuentro en ti el secreto de las cosas y aquella iluminación que necesita la vida para renacer cada día, el aroma del silencio, la claridad entre las sombras que persiguen al mundo. Soñar contigo, andar contigo repartida entre mi razón y mis latidos y el ritmo de tus pasos, cerca de mí, lejos de mí, ausente, presente en la distancia, solitarios, inaccesibles y escritos en el cuerpo de los atardeceres y las lluvias, en la melancolía de los días y los soles, en el alma de las cosas hechas a semejanza de tu alma tan lejana de frivolidades. Concebirte en el silencio donde crece tu belleza, en el silencio donde mi voluntad se ha entregado a tu serenidad que no apresura consecuencias. Y puede ser que algún día, antes de encontrarnos por fin, definitivamente, me viste, en algún rincón, acariciando la eternidad marcada con el paso de tu figura, a la sombra de un anhelo que he escogido, que deseo y que fuera tu nombre y la figura de tus labios y tu piel igual que tu cabello y también tu mirada, con tus ojos que me reconocen y que me olvidan, me desconocen y quizá me habrán pensado un instante. Y yo soy todos los hombres que he sido, como todos ellos te miraron y enamorados e incrédulos, creyeron en que la duda se estaba resolviendo. Un amor y un beso, hechos del tiempo en que nos buscamos y creía que te pensaba y te sentía, pero aquí dentro, era demasiado tarde porque ya te encontrabas expandida, creciendo y me preguntaba, cuándo, cómo, en qué lugar del misterio de las horas te conocería, te podría ver claramente, para tomarte, en realidad tomarte sin que te deshicieras en signos y conceptos como las cosas, y sólo para quitarme esta urgencia de ser de ti, de ser en ti, abandonado, contrito, en tus manos, en tu palabra, tu fuego en que me consumo, con estas pupilas necesitadas de tu cintura y estos pies que buscan el camino por donde has pasado para llegar a ti; porque siempre me he sentido muy demorado contigo, muy dentro de esta eternidad fastidiosamente callada, tan improbable y desgarradora. Creces dentro de mí, te expandes en mí, me habitas, tan honda como la duda, como el espacio secreto e insondable de tu corazón, tan honda como la herida de tu ausencia, tan honda como esa antigua más que necesidad de conocerte, tan honda como tu perverso deseo ominoso.
Tomado de la novela: Un brreve y mortal sueño
Por Antonio Mejía
Tomado de la novela: Un brreve y mortal sueño
Por Antonio Mejía
9 de febrero de 2011
Poesía
9
Puedo viajar sin conocerme, sin dar aviso,
vagar como hace el cuervo…
de nuevo he llegado perdido y deshecho,
sin límites sociales,
ni tiempos para la estructura,
ni conocimientos valorables.
Prefiero el recuerdo
a la necesidad del tiempo.
No puedo ver silencio donde hay silencio;
genero lugares, acabo sentimientos.
Puedes ser la flor
y en la flor
¿Puedes ver la flor?
15
Cuando empezó el sueño
no pude decir: Creo en él.
Múltiples imágenes vienen a mi mente,
los besos en que deseaba que estuvieras.
Tengo un momento para reflexionar e
imaginarme oscuro,
alejado de la tierra y el cielo.
Tengo un momento para decir que
ésta no es mi patria,
y que el suelo pisado, como tu corazón,
no me pertenecen.
Tengo un recuerdo constante del futuro.
Ni siquiera puedo imaginar
el cuerpo sin espíritu o viceversa,
porque lo encuentro encarnado
en los huesos, los músculos, la piel,
viajando con la sangre.
Las noches me duelen, esas que antes fueran
sólo noches: un cigarro y una cama.
Quiero irme, quiero aprender a leer
los versículos que desconozco,
quiero mantenerme vivo, sentir como
se despereza mi existencia,
como se acaban los vicios y regreso
a ese estado de virginidad primigenia,
necesito sentir que corre en mí
el silencio del amor ausente,
las ganas de jalar aire, comprobar
que en verdad sirve, que no es
manía aprehendida con el tiempo.
Quiero volar para saber andar por la tierra,
que las costillas se extiendan,
las alas se doblen, porque no es suficiente
un lugar al cual llegar o un destino.
Hace falta una ideología, no como tal,
una propia, que al fin será parte
de esa filosofía de la energía
que mueve el mundo, que se mueve
por debajo del mundo y espera
un momento para transformarse.
Yo quiero ser distinto,
porque éste que soy me jode.
Puedo viajar sin conocerme, sin dar aviso,
vagar como hace el cuervo…
de nuevo he llegado perdido y deshecho,
sin límites sociales,
ni tiempos para la estructura,
ni conocimientos valorables.
Prefiero el recuerdo
a la necesidad del tiempo.
No puedo ver silencio donde hay silencio;
genero lugares, acabo sentimientos.
Puedes ser la flor
y en la flor
¿Puedes ver la flor?
15
Cuando empezó el sueño
no pude decir: Creo en él.
Múltiples imágenes vienen a mi mente,
los besos en que deseaba que estuvieras.
Tengo un momento para reflexionar e
imaginarme oscuro,
alejado de la tierra y el cielo.
Tengo un momento para decir que
ésta no es mi patria,
y que el suelo pisado, como tu corazón,
no me pertenecen.
Tengo un recuerdo constante del futuro.
Ni siquiera puedo imaginar
el cuerpo sin espíritu o viceversa,
porque lo encuentro encarnado
en los huesos, los músculos, la piel,
viajando con la sangre.
Las noches me duelen, esas que antes fueran
sólo noches: un cigarro y una cama.
Quiero irme, quiero aprender a leer
los versículos que desconozco,
quiero mantenerme vivo, sentir como
se despereza mi existencia,
como se acaban los vicios y regreso
a ese estado de virginidad primigenia,
necesito sentir que corre en mí
el silencio del amor ausente,
las ganas de jalar aire, comprobar
que en verdad sirve, que no es
manía aprehendida con el tiempo.
Quiero volar para saber andar por la tierra,
que las costillas se extiendan,
las alas se doblen, porque no es suficiente
un lugar al cual llegar o un destino.
Hace falta una ideología, no como tal,
una propia, que al fin será parte
de esa filosofía de la energía
que mueve el mundo, que se mueve
por debajo del mundo y espera
un momento para transformarse.
Yo quiero ser distinto,
porque éste que soy me jode.
Lupe
LUPE
Juan despierta muy temprano
todas las mañanas. Lo primero que ve, es un reloj viejo comprado al abonero en aquellos
tiempos en que la vecindad era algo más que un lecho de perversiones y paredes
húmedas. Aunque las manecillas recorren los minutos con pesar, nunca se ha
atrasado. Juan piensa que el reloj se le parece: viejo pero de buena madera. Mira
el techo de su habitación que está a punto de caerse. Las figuras de las grietas
le muestran las imágenes que se agitan en su imaginación. Se talla los ojos y
pasa las manos por su rostro grasiento como si limpiara su mente. Luego de levantarse
abre una pequeña ventana por donde puede observar el patio de la vecindad,
rodeado de antiguas piezas casi derruidas, habitadas por familias que viven bajo amenaza de ser
lanzados. La portera les dice que deberían organizarse pues no tardan en
lanzarlos, pero Juan sabe que es mentira, en ese rincón de la ciudad hasta el
destino los ha olvidado.
Mira a los niños sucios y
hambrientos jugando en los charcos de agua que caen de los lavaderos. Allí se
encuentra Lupe colgando varias sábanas percudidas en los tendederos
comunitarios. Hace varios años que abandonó la escuela, dice su mamá que le
hacen burlan. Juan le observa detenidamente la cintura.
-Ya está en la pubertad. Siempre
ha tenido sus nalguitas, bonitas, chiquitas- piensa Juan mientras se rasura
frente a un pedazo de espejo-antes venía a sentarse en mis piernas, cuando vendía
gelatinas-. Se moja la cara con agua del lavabo, se viste, toma su bote de
gelatinas y sale hacia las escaleras. Cierra con un candado, pues el cerrojo
hace varios años que no funciona, baja hacia el patio y pasa por los lavaderos
para encontrarse a Lupe.
-Al rato vas a mi casa por
gelatinas, cuando regrese-. Le dice, deslizando su mano a través de su breve
cintura hasta sus nalgas. Lupe sonríe
con una ridícula coquetería aprendida en las telenovelas que ve todas las
tardes y aprieta sutilmente el brazo de Juan, con una tierna verdad que lo
estremece.
-Ándale ya vete, no te vaya a
regañar tu mamá- dice Juan y Lupe con la mirada al suelo se acerca a él para regalarle
un beso fugaz en los labios. Luego se marcha apresuradamente con el rostro
coloreado por la vergüenza propia de un violento deseo prohibido, un deseo
incontenible. Juan sonríe, levanta su bote y camina hacia el lugar donde todas
las mañanas, desde hace veinte años vende sus gelatina. Sin embargo, algo en el
rostro de las personas o en la geometría de las calles, le revelaba el
presentimiento de que su vida se hallaba en el límite de una circunstancia que
había esperado con paciente ansiedad.
Horas más tarde, sentado en la
miserable cantina de costumbre, mientras se bebía un tercer “chingadazo” de
mezcal, vio en la humedad de las paredes, el largo e inquieto cabello de Lupe sobre
la almohada y una imagen vívida se apoderó de sus pensamientos: la desnudez de
ese cuerpo casi adolescente, moreno y quemado por el sol, agitándose entre las
sábanas de su cama. En su fantasía, saboreaba con cada trago, la sal en los
pezones, el dibujo de los muslos tensos y el vaho de cada gemido corto; el sopor
en esa piel joven: los sudores mezclados con los aromas agrios. Imaginó su
miembro hinchado entrando en el aceitoso calor de Lupe, abriendo, resquebrajado
su casta voluntad de amar. Lo veía todo claramente y no quería hacerlo pero no
lograba hilar una idea diferente. Se limpió la grasa del rostro y sólo la
brusca palmada en la espalda de un viejo amigo pudo sacarlo del trance. Luego
de saludarse, bebieron un rato juntos.
-Oye, qué te pasa, estás
transparente-
-Nada, nada, es que tengo un
negocito y ya tengo que irme-. Juan sonrió ladino.
-¿Ah sí, y cuántos años tiene tú
negocito?- Pregunta el amigo de la misma manera
-Ya está en edad, ya está en
edad-.
-Te pueden chingar-. Dice advirtiendo.
-No, está bien-. Contesta Juan,
más relajado.
-Pues échate otra para las
fuerzas y suerte-. Dice con lujuria el amigo. Se toman una más y Juan sale
apresurado.
Cuando llega a la vecindad, el
alumbrado público se ha prendido totalmente. Mira el reloj, no es tan tarde. Entra
hasta el fondo. Donde se encuentra su casa está totalmente a oscuras, de nuevo
se ha fundido el foco. Se acerca a las escaleras y mira un bulto en medio del
paso que lo alerta. Pronto se da cuenta que es Lupe, soñando sobre sus rodillas.
Juan se agacha mirando detenidamente su rostro.
-Pero mírate esa cara, si eres
toda una mujercita-. Dice pensando en voz alta, Lupe abre los ojos y lo mira
sonriendo e intentando despertar por completo. Toma su mano y los dos entran a
la pesada soledad de la habitación, donde el íntimo silencio sólo es
interrumpido por el débil ruido de las manecillas del reloj y el humor de ambos
comienza a generar el espacio. Juan
intenta encender la luz.
-No, mejor así- dice Lupe haciendo
nudos con su vestido. Juan deja el bote en una esquina, limpia el sudor de su
frente y se sienta sobre la cama.
-¿Sabes lo que vamos a hacer,
verdad?-. Pregunta Juan.
-Sí-. Contesta Lupe y da un
paso al frente
-¿No tienes miedo?-.
Lupe contesta que no con la
cabeza mientras Juan se toca el pecho que le arde y siente su respiración cada
vez más agitada. Cierra los ojos y le pide que se acerque. Lupe se sienta en
las piernas de Juan que se quita la camisa, mete su mano por debajo de la falda
y le quita los calzones de encaje barato que Lupe ha robado de la ropa de su
madre. Siente el vello púbico y el sudor cálido. Arrastra la mano de Lupe que
tiembla y la mete por debajo de su pantalón. Lupe suspira velozmente, cierra
los ojos y aprieta con fuerza. Juan le quita el vestido hecho por su madre y se
recuestan. La espalda de Lupe está fría, tiembla.
-No te preocupes, sólo te va a
doler poquito-. Dice Juan y por un instante siente una tercera mirada que lo
perturba, pero el cuerpo de Lupe que se balancea lo aparta de éste pensamiento.
Siente cómo toda su hombría se cimbra al penetrar a Lupe que suelta un quejido
largo y luego un suspiro hondo…
Con ojos acostumbrados a la
oscuridad y los labios de Lupe pegados a su cuello, Juan mira el reloj a través
del humo del cigarro y las ambiguas formas de las grietas en la pared.
-Ya es tarde, qué le voy a
decir a mí mamá-. Comentó Lupe con preocupación fingida.
-Nada, vas a ver cómo le da
gusto-. Sin alterarse.
-¿Entonces crees que sí parezco
mujer?- Dice de manera cursi.
-Sí, yo creo que sí-. Decidido
Lupe, con sonrisa pícara, se
descubre para mostrarle a Juan su sexo en plena erección y éste comprende que desde entonces y para siempre, los días no volverán a ser iguales.
5
I
Busco entre mis cielos
la forma de nombrarte
y sólo encuentro una historia
que ha terminado
aunque no fue contada
por tu boca
a causa de mis “luegos”
en el ensueño de mis labios.
II
¿Qué quiero decir?,
No hay calma en los días,
con el paso del tiempo mi discurso
se ha vuelto predecible,
como las palabras que no serán dichas.
Esto era un sueño llamado esperanza:
lo más cruel y
doloroso que contigo me ha pasado.
Qué tienen mis horas, qué tienes tú en mis horas,
que las vueles muertas e intraspasables.
¡Has contaminado mi existencia!
Vendrás mortal y efímera como los recuerdos,
Sabrás que no te olvido, que pienso en ti,
que aún te sueño, que aún, sin embargo me dueles,
De tu voz perdida se ha hecho la mía,
resultas inalcanzable hasta para ti misma;
eres el radio de este circulo complejo, radio infinito
que en el caos busca su coherencia;
serás de otros
como nunca de mis versos,
tu cuerpo, tus labios,
como a veces de quien no te quiso;
se disipa el color y las cosas
al tiempo que tu de mi mirada,
habla triste el silencio y
languidece mi voz al escribirlo
Ya no te quiero, en verdad, nada de lo que te he querido
Pero al decir esto que es lo último,
estoy triste porque es cierto.
I
Busco entre mis cielos
la forma de nombrarte
y sólo encuentro una historia
que ha terminado
aunque no fue contada
por tu boca
a causa de mis “luegos”
en el ensueño de mis labios.
II
¿Qué quiero decir?,
No hay calma en los días,
con el paso del tiempo mi discurso
se ha vuelto predecible,
como las palabras que no serán dichas.
Esto era un sueño llamado esperanza:
lo más cruel y
doloroso que contigo me ha pasado.
Qué tienen mis horas, qué tienes tú en mis horas,
que las vueles muertas e intraspasables.
¡Has contaminado mi existencia!
Vendrás mortal y efímera como los recuerdos,
Sabrás que no te olvido, que pienso en ti,
que aún te sueño, que aún, sin embargo me dueles,
De tu voz perdida se ha hecho la mía,
resultas inalcanzable hasta para ti misma;
eres el radio de este circulo complejo, radio infinito
que en el caos busca su coherencia;
serás de otros
como nunca de mis versos,
tu cuerpo, tus labios,
como a veces de quien no te quiso;
se disipa el color y las cosas
al tiempo que tu de mi mirada,
habla triste el silencio y
languidece mi voz al escribirlo
Ya no te quiero, en verdad, nada de lo que te he querido
Pero al decir esto que es lo último,
estoy triste porque es cierto.
Poema uno
1
No logro acostumbrar mis manos
a la condición particular del silencio comprimido
que existe entre los dedos.
Me doy cuenta de que me faltas.
Todo este tiempo, te imaginé ahí,
al terminar la fiesta, el ruido, la inercia del jubilo,
y pasada la medianoche
regreso a casa, acabo los caminos,
recorro las calles, olvido a las personas,
miro perros asegurar deseo ¡No me siento bien!,
y pareciera que no vengo de ningún lado, que todo
el tiempo transcurrido, no hubiera pasado en serio;
las personas se hacen lejanas,
inalcanzables, difíciles de salvar las miradas,
suspendidas en un líquido luminoso
que avanza por las sutiles tramas de la estructura,
pero no las toca; como si una capa impermeable
hiciera difícil el acercamiento.
Después de la fiesta hay una calma de desfogue,
una calma que recuerda la tensión del músculo,
un hacer sin hacer nada, como dicen que
sucede en los pueblos, en los lugares que no son ciudad,
porque no se les ha permitido;
es como un transcurrir de las cosas en silencio hueco,
lento casi ausente, es la ciudad recorriéndose
por una ventanilla de automóvil, una ventana de alma.
La personas pasan y la parsimonia como la ausencia de los cuerpos,
el lugar inexacto, distante y oculto donde queda el espíritu
luego del ritual del cuerpo, es un alejamiento,
un ser ajeno a todo que se interioriza,
un territorio que sin ser recuerdo hace brotar lugares y personas
que han pasado en personas y lugares,
y no han sucedido del todo.
Transcurrir en el estribo de la vida, en las noches
que se han perdido en zonas desconocidas,
recorrer en tren una ciudad que se siente perdida
pero extrañamente propia.
Es ver la muerte de la sucesión del tiempo
porque las horas no quieren ser lo que se les indica,
es como estar espantado y sonriente y perdido, envuelto
y luego estirar el rostro, volver al sitio de la partida,
saber que él, ya no es él mismo.
Los límites astrológicos se dispersan,
las referencias de espacio se pierden, todos los días son un sábado,
un recuerdo permitido y aceptado, un estar constantemente
abatido por el frió en las manos, por el hierro helado de las mejillas al sereno,
es caminar devuelta a la puerta del resguardo,
y mirar un mundo vuelto loco ofreciéndose,
donde no existe un orificio para fugarse del desenfreno:
los colores y el deber de estar animosos,
las bandadas de hierba, una gran planta, un germen,
la formula de vida que se nos ofrece.
Se piensa que el mundo está vuelto o envuelto o enconchado,
la periferia en silencio, los locales cerrados, una tarde jueves,
un jueves santo. Afuera, el resplandor de las ventanas,
aparece la sensación de calidez,
como para alegrarse de su existencia. Las luces de navidad hacen
nostálgico el entorno. Un terreno que capta los demás lugares,
llamado recuerdología o recuerdológico.
Es un recuerdo que no se puede formar completo,
pero está presente, enriqueciéndose de las fachadas que se
logran observar mientras se avanza, se avanza, se…
Los automóviles espaciados con una lentitud intranquila,
el olor de otra casa, otros procesos, detenido
justo antes de los ojos, se respira,
la remembranza:
los mismo días en las mismas fechas pero de otros años.
Todo el tiempo invertido para ir,
para no ir;
la gente vendiendo momentos antes del festejo
a la gente desesperada en encontrar algo
porque ya se han arreglado, tomaron del guardarropa
la mejor disposición y aceptaron cambiar la soledad íntima
por una idea de esperanza; no pueden quedarse en la raya,
como anteriormente, como siempre, como lo habían pensado un instante
antes de salir enfrentando a las parejas y las familias, todos los
que no están solos, aunque no estén acompañados.
Ese querer indagar por las calles donde se cree que nada pasa,
para saber si pasa algo mínimo o pequeño,
los detalles que se escapan a la mirada lenta y trabajosa,
la ansiedad, el dolor, las irremediables lágrimas
que no germinan. Buscar en medio de las risas,
de los niños, alegres por la festividad y los juegos,
la delicadeza de una mano con identidad y mundo compartido,
y encontrar humo, cigarro, una forma de alterar el estado
y la conciencia de la soledad en el cubo, no más que una forma
distinta de distraer al mundo y sus consecuencias.
Volver al paso, al dolor de estos labios
suicidas y su desesperación de coraje,
que el mundo cerrado en su particular caos
no entiende. Soy un naufrago
de las calles en los días de fiesta y jubilo.
No hay más forma de salir, sólo esa que la mente
proporciona, y no es suficiente.
Mi mano necesita unos labios y
mis labios una mujer. Me duelen los días,
los festejos, lo perdido
las veces que se han marchado.
Me falta una mano y un lugar de vicio, una dirección desconocida,
esperar una llamada,
la hora para hacer una llamada,
un lugar certero, cierto e indestructible,
estos días en que necesito ocultarme,
desaparecer, no dejarme percibir,
hasta que pase
y pueda volver a lo que se nombra: verdadero
No logro acostumbrar mis manos
a la condición particular del silencio comprimido
que existe entre los dedos.
Me doy cuenta de que me faltas.
Todo este tiempo, te imaginé ahí,
al terminar la fiesta, el ruido, la inercia del jubilo,
y pasada la medianoche
regreso a casa, acabo los caminos,
recorro las calles, olvido a las personas,
miro perros asegurar deseo ¡No me siento bien!,
y pareciera que no vengo de ningún lado, que todo
el tiempo transcurrido, no hubiera pasado en serio;
las personas se hacen lejanas,
inalcanzables, difíciles de salvar las miradas,
suspendidas en un líquido luminoso
que avanza por las sutiles tramas de la estructura,
pero no las toca; como si una capa impermeable
hiciera difícil el acercamiento.
Después de la fiesta hay una calma de desfogue,
una calma que recuerda la tensión del músculo,
un hacer sin hacer nada, como dicen que
sucede en los pueblos, en los lugares que no son ciudad,
porque no se les ha permitido;
es como un transcurrir de las cosas en silencio hueco,
lento casi ausente, es la ciudad recorriéndose
por una ventanilla de automóvil, una ventana de alma.
La personas pasan y la parsimonia como la ausencia de los cuerpos,
el lugar inexacto, distante y oculto donde queda el espíritu
luego del ritual del cuerpo, es un alejamiento,
un ser ajeno a todo que se interioriza,
un territorio que sin ser recuerdo hace brotar lugares y personas
que han pasado en personas y lugares,
y no han sucedido del todo.
Transcurrir en el estribo de la vida, en las noches
que se han perdido en zonas desconocidas,
recorrer en tren una ciudad que se siente perdida
pero extrañamente propia.
Es ver la muerte de la sucesión del tiempo
porque las horas no quieren ser lo que se les indica,
es como estar espantado y sonriente y perdido, envuelto
y luego estirar el rostro, volver al sitio de la partida,
saber que él, ya no es él mismo.
Los límites astrológicos se dispersan,
las referencias de espacio se pierden, todos los días son un sábado,
un recuerdo permitido y aceptado, un estar constantemente
abatido por el frió en las manos, por el hierro helado de las mejillas al sereno,
es caminar devuelta a la puerta del resguardo,
y mirar un mundo vuelto loco ofreciéndose,
donde no existe un orificio para fugarse del desenfreno:
los colores y el deber de estar animosos,
las bandadas de hierba, una gran planta, un germen,
la formula de vida que se nos ofrece.
Se piensa que el mundo está vuelto o envuelto o enconchado,
la periferia en silencio, los locales cerrados, una tarde jueves,
un jueves santo. Afuera, el resplandor de las ventanas,
aparece la sensación de calidez,
como para alegrarse de su existencia. Las luces de navidad hacen
nostálgico el entorno. Un terreno que capta los demás lugares,
llamado recuerdología o recuerdológico.
Es un recuerdo que no se puede formar completo,
pero está presente, enriqueciéndose de las fachadas que se
logran observar mientras se avanza, se avanza, se…
Los automóviles espaciados con una lentitud intranquila,
el olor de otra casa, otros procesos, detenido
justo antes de los ojos, se respira,
la remembranza:
los mismo días en las mismas fechas pero de otros años.
Todo el tiempo invertido para ir,
para no ir;
la gente vendiendo momentos antes del festejo
a la gente desesperada en encontrar algo
porque ya se han arreglado, tomaron del guardarropa
la mejor disposición y aceptaron cambiar la soledad íntima
por una idea de esperanza; no pueden quedarse en la raya,
como anteriormente, como siempre, como lo habían pensado un instante
antes de salir enfrentando a las parejas y las familias, todos los
que no están solos, aunque no estén acompañados.
Ese querer indagar por las calles donde se cree que nada pasa,
para saber si pasa algo mínimo o pequeño,
los detalles que se escapan a la mirada lenta y trabajosa,
la ansiedad, el dolor, las irremediables lágrimas
que no germinan. Buscar en medio de las risas,
de los niños, alegres por la festividad y los juegos,
la delicadeza de una mano con identidad y mundo compartido,
y encontrar humo, cigarro, una forma de alterar el estado
y la conciencia de la soledad en el cubo, no más que una forma
distinta de distraer al mundo y sus consecuencias.
Volver al paso, al dolor de estos labios
suicidas y su desesperación de coraje,
que el mundo cerrado en su particular caos
no entiende. Soy un naufrago
de las calles en los días de fiesta y jubilo.
No hay más forma de salir, sólo esa que la mente
proporciona, y no es suficiente.
Mi mano necesita unos labios y
mis labios una mujer. Me duelen los días,
los festejos, lo perdido
las veces que se han marchado.
Me falta una mano y un lugar de vicio, una dirección desconocida,
esperar una llamada,
la hora para hacer una llamada,
un lugar certero, cierto e indestructible,
estos días en que necesito ocultarme,
desaparecer, no dejarme percibir,
hasta que pase
y pueda volver a lo que se nombra: verdadero
23 de diciembre de 2010
El cantor
"¡Oh, corazón perdido!"
¡Réquiem aeternam!
F. G. Lorca
Nada puede hacerse porque no importa la estrofa, y no se accede a las que sin tocar, cantan. Su espíritu se doblega, se rehace en otros, en otra cosa ¿Qué hacer con la canción? Nadie desea que le cante ¿Quién le explica su inútil función en mi boca? La sustituyen, la cancelan. Yo mismo. Sólo me detengo por el hecho de no desvanecerme. Lo sé: la esencia del cantor que detona en su voz. Quién puede saberlo sin dañarse la garganta, la palabra. Ahora hecho a volar el canto, como se libera un pájaro que ha vivido siempre en cautiverio...
A. M.
¡Réquiem aeternam!
F. G. Lorca
Nada puede hacerse porque no importa la estrofa, y no se accede a las que sin tocar, cantan. Su espíritu se doblega, se rehace en otros, en otra cosa ¿Qué hacer con la canción? Nadie desea que le cante ¿Quién le explica su inútil función en mi boca? La sustituyen, la cancelan. Yo mismo. Sólo me detengo por el hecho de no desvanecerme. Lo sé: la esencia del cantor que detona en su voz. Quién puede saberlo sin dañarse la garganta, la palabra. Ahora hecho a volar el canto, como se libera un pájaro que ha vivido siempre en cautiverio...
A. M.
4 de noviembre de 2010
Boardwalk Empire o Los rostros del poder
Por Antonio Mejía Ortiz
Una ciudad luego del horror y la crisis de la primera guerra mundial. Los derechos están cooptados; políticos corruptos llevan una vida ostentosa mientras crece la miseria, la falta de motivos y la descomposición social; grupos fascistas como el Ku Klux Klan, emergen bajo la mirada protectora de moralistas que imponen todo tipo de prohibiciones, en tanto los hombres en su desesperación personal, están dispuestos a cualquier cosa para salir de su condición social deplorable. Es el universo donde se desarrolla la trama de El imperio del contrabando, serie situada en Atlantic City durante la época de la Ley seca en los años 20´s. Basada en Boardwalk Empire: The Birth, High Times, and Corruption of Atlantic City de Nelson Johnson, fue estrenada para América Latina el pasado domingo 17 de octubre por HBO. Es protagonizada por Steve Buscemi (Perros de reserva), escrita por Terence Winter (Los soprano) y producida por Martin Scorsese (Taxi driver, Los infiltrados), quién dirigió el primer capítulo.
El imperio del contrabando puede ser un trabajo perfecto en todos sentidos. El guión es poderoso. A diferencia de las películas de Scorsese, donde a través de las circunstancias intuimos el fondo del carácter de sus personajes y el universo es tan cerrado, que las implicaciones sociales apenas se perciben, en la serie muestra cómo las acciones del individuo provocan el devenir de la historia. Las imposiciones puritanas que pretende resolver problemas de educación y cultura por medio de la prohibición, provocan la creación de un mercado ilegal y una escalada por el poder, que se tornará violenta y despiadada a cargo de las mafias, protegidas por quienes se proclaman en discursos, contra del “Demonio de la bebida”: políticos y empresarios.
Los escenarios, la paleta de colores (propia de la filmografía de Scrosese), el vestuario y la iluminación, no sólo aportan en un sentido emotivo, sino que obligan a la coherencia dramática. La dirección es impecable, desde el principio establece el carácter particular de los personajes y muestra el conflicto general que los alcanza de inmediato, “No se puede ser gángster a medias”. A partir de allí, cada situación será una lucha contra su condición social y su perspectiva de vida.
Sin dar concesiones exhibe cómo el poder político está íntimamente ligado con la mafia, aún antes de la “Ley seca”. “Nucky” Thompson (Steve Buscemi), prominente figura política que controla Atlantic City desde los casinos hasta la policía, se convertirá en el comercializador más importante de alcohol. Detonando en figuras como Jimmy Darmody (Michael Pitt) que es seducido por el ansia de poder. Las intenciones, bien manejadas, despliegan los diferentes rostros de los personajes y de las situaciones. La intensidad se genera por medio de la expectativa y el suspenso derivados de la inminencia de la circunstancia límite, ya presente, que se desarrollará durante los capítulos siguientes, hasta que la tensión sea inaguantable para los protagonistas.
En los pequeños detalles se nota la preocupación por el realismo y la verosimilitud. Sustentado por el trabajo de los actores, la carga emotiva del monologo interno y el subtexto del argumento, los encaminan hacia el carácter universal del ser humano, donde no hay juicios de valor ni estándares morales; sólo causas y efectos de hombres que lidian con su naturaleza y su entorno.
La producción estilo Hollywood, se aleja de estereotipos propios de éste cine. La historia de la “Ley seca” y del contrabando, es la de una sociedad chauvinista, hipócrita y llena de miedo; también de la frustración, la avaricia y el dolor de los hombres en una sociedad que los aplasta. Quienes ostentan el poder, intentan no ser rebasados por la ferocidad de los acontecimientos y se vuelven brutales a fuerza de mantener la potestad de su imperio.
El imperio del contrabando es un proyecto magistral donde confluye, con éxito, un discurso profundo, analítico y serio, junto a una producción comercial. La vigencia de la serie, sobre todo ante el problema actual del narcotráfico es innegable. El alcance del mensaje se conocerá sólo hacia el final.
Una ciudad luego del horror y la crisis de la primera guerra mundial. Los derechos están cooptados; políticos corruptos llevan una vida ostentosa mientras crece la miseria, la falta de motivos y la descomposición social; grupos fascistas como el Ku Klux Klan, emergen bajo la mirada protectora de moralistas que imponen todo tipo de prohibiciones, en tanto los hombres en su desesperación personal, están dispuestos a cualquier cosa para salir de su condición social deplorable. Es el universo donde se desarrolla la trama de El imperio del contrabando, serie situada en Atlantic City durante la época de la Ley seca en los años 20´s. Basada en Boardwalk Empire: The Birth, High Times, and Corruption of Atlantic City de Nelson Johnson, fue estrenada para América Latina el pasado domingo 17 de octubre por HBO. Es protagonizada por Steve Buscemi (Perros de reserva), escrita por Terence Winter (Los soprano) y producida por Martin Scorsese (Taxi driver, Los infiltrados), quién dirigió el primer capítulo.
El imperio del contrabando puede ser un trabajo perfecto en todos sentidos. El guión es poderoso. A diferencia de las películas de Scorsese, donde a través de las circunstancias intuimos el fondo del carácter de sus personajes y el universo es tan cerrado, que las implicaciones sociales apenas se perciben, en la serie muestra cómo las acciones del individuo provocan el devenir de la historia. Las imposiciones puritanas que pretende resolver problemas de educación y cultura por medio de la prohibición, provocan la creación de un mercado ilegal y una escalada por el poder, que se tornará violenta y despiadada a cargo de las mafias, protegidas por quienes se proclaman en discursos, contra del “Demonio de la bebida”: políticos y empresarios.
Los escenarios, la paleta de colores (propia de la filmografía de Scrosese), el vestuario y la iluminación, no sólo aportan en un sentido emotivo, sino que obligan a la coherencia dramática. La dirección es impecable, desde el principio establece el carácter particular de los personajes y muestra el conflicto general que los alcanza de inmediato, “No se puede ser gángster a medias”. A partir de allí, cada situación será una lucha contra su condición social y su perspectiva de vida.
Sin dar concesiones exhibe cómo el poder político está íntimamente ligado con la mafia, aún antes de la “Ley seca”. “Nucky” Thompson (Steve Buscemi), prominente figura política que controla Atlantic City desde los casinos hasta la policía, se convertirá en el comercializador más importante de alcohol. Detonando en figuras como Jimmy Darmody (Michael Pitt) que es seducido por el ansia de poder. Las intenciones, bien manejadas, despliegan los diferentes rostros de los personajes y de las situaciones. La intensidad se genera por medio de la expectativa y el suspenso derivados de la inminencia de la circunstancia límite, ya presente, que se desarrollará durante los capítulos siguientes, hasta que la tensión sea inaguantable para los protagonistas.
En los pequeños detalles se nota la preocupación por el realismo y la verosimilitud. Sustentado por el trabajo de los actores, la carga emotiva del monologo interno y el subtexto del argumento, los encaminan hacia el carácter universal del ser humano, donde no hay juicios de valor ni estándares morales; sólo causas y efectos de hombres que lidian con su naturaleza y su entorno.
La producción estilo Hollywood, se aleja de estereotipos propios de éste cine. La historia de la “Ley seca” y del contrabando, es la de una sociedad chauvinista, hipócrita y llena de miedo; también de la frustración, la avaricia y el dolor de los hombres en una sociedad que los aplasta. Quienes ostentan el poder, intentan no ser rebasados por la ferocidad de los acontecimientos y se vuelven brutales a fuerza de mantener la potestad de su imperio.
El imperio del contrabando es un proyecto magistral donde confluye, con éxito, un discurso profundo, analítico y serio, junto a una producción comercial. La vigencia de la serie, sobre todo ante el problema actual del narcotráfico es innegable. El alcance del mensaje se conocerá sólo hacia el final.
14 de julio de 2010
MADRE POSTIZA
Ya se le zafó un tornillo- dijo la sirvienta, contuvo una carcajada y se fue. Era un día de fiesta cuando mamá enloqueció, entre amigos y familiares. Se tiraba al suelo, con los ojos desorbitados, mientras decía incoherencias. Mi abuela avergonzada se molestó por la manera ridícula con que se hacía evidente la crisis. Por el contrario mi papá y su compadre, tranquilamente reían con ternura. Yo también quería reír, pero temí que me reprendieran. Era un niño y estaba rodeado de adultos.
Cuando mi madre me miró fijamente, tensa y enrojecida, con su cara hinchada, me aterré. No hubo nada qué hacer cuando le empezó a humear la cabeza y se quemó su piel. En esos tiempos las madres postizas eran apenas un experimento.
Antonio Mejía
Cuando mi madre me miró fijamente, tensa y enrojecida, con su cara hinchada, me aterré. No hubo nada qué hacer cuando le empezó a humear la cabeza y se quemó su piel. En esos tiempos las madres postizas eran apenas un experimento.
Antonio Mejía
INFINITO
El profesor llegó visiblemente apresurado, fuera de sí. Dejó sobre el escritorio el manojo de cosas que traía en las manos y se concentró en un trozo de gis, que estaba en el escritorio. Luego de quedarse callado varios minutos, alterado y en absoluta consternación, un alumno lo trajo de vuelta con una pregunta x; el profesor, pareció despejarse momentáneamente, tomó el gis y se levantó para decir: Esto muchachos, es una línea al infinito. Comenzó a dibujar una línea horizontal en el pizarrón y antes de llegar al otro lado, desapareció…
Antonio Mejía
Antonio Mejía
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