LUPE
Juan despierta muy temprano
todas las mañanas. Lo primero que ve, es un reloj viejo comprado al abonero en aquellos
tiempos en que la vecindad era algo más que un lecho de perversiones y paredes
húmedas. Aunque las manecillas recorren los minutos con pesar, nunca se ha
atrasado. Juan piensa que el reloj se le parece: viejo pero de buena madera. Mira
el techo de su habitación que está a punto de caerse. Las figuras de las grietas
le muestran las imágenes que se agitan en su imaginación. Se talla los ojos y
pasa las manos por su rostro grasiento como si limpiara su mente. Luego de levantarse
abre una pequeña ventana por donde puede observar el patio de la vecindad,
rodeado de antiguas piezas casi derruidas, habitadas por familias que viven bajo amenaza de ser
lanzados. La portera les dice que deberían organizarse pues no tardan en
lanzarlos, pero Juan sabe que es mentira, en ese rincón de la ciudad hasta el
destino los ha olvidado.
Mira a los niños sucios y
hambrientos jugando en los charcos de agua que caen de los lavaderos. Allí se
encuentra Lupe colgando varias sábanas percudidas en los tendederos
comunitarios. Hace varios años que abandonó la escuela, dice su mamá que le
hacen burlan. Juan le observa detenidamente la cintura.
-Ya está en la pubertad. Siempre
ha tenido sus nalguitas, bonitas, chiquitas- piensa Juan mientras se rasura
frente a un pedazo de espejo-antes venía a sentarse en mis piernas, cuando vendía
gelatinas-. Se moja la cara con agua del lavabo, se viste, toma su bote de
gelatinas y sale hacia las escaleras. Cierra con un candado, pues el cerrojo
hace varios años que no funciona, baja hacia el patio y pasa por los lavaderos
para encontrarse a Lupe.
-Al rato vas a mi casa por
gelatinas, cuando regrese-. Le dice, deslizando su mano a través de su breve
cintura hasta sus nalgas. Lupe sonríe
con una ridícula coquetería aprendida en las telenovelas que ve todas las
tardes y aprieta sutilmente el brazo de Juan, con una tierna verdad que lo
estremece.
-Ándale ya vete, no te vaya a
regañar tu mamá- dice Juan y Lupe con la mirada al suelo se acerca a él para regalarle
un beso fugaz en los labios. Luego se marcha apresuradamente con el rostro
coloreado por la vergüenza propia de un violento deseo prohibido, un deseo
incontenible. Juan sonríe, levanta su bote y camina hacia el lugar donde todas
las mañanas, desde hace veinte años vende sus gelatina. Sin embargo, algo en el
rostro de las personas o en la geometría de las calles, le revelaba el
presentimiento de que su vida se hallaba en el límite de una circunstancia que
había esperado con paciente ansiedad.
Horas más tarde, sentado en la
miserable cantina de costumbre, mientras se bebía un tercer “chingadazo” de
mezcal, vio en la humedad de las paredes, el largo e inquieto cabello de Lupe sobre
la almohada y una imagen vívida se apoderó de sus pensamientos: la desnudez de
ese cuerpo casi adolescente, moreno y quemado por el sol, agitándose entre las
sábanas de su cama. En su fantasía, saboreaba con cada trago, la sal en los
pezones, el dibujo de los muslos tensos y el vaho de cada gemido corto; el sopor
en esa piel joven: los sudores mezclados con los aromas agrios. Imaginó su
miembro hinchado entrando en el aceitoso calor de Lupe, abriendo, resquebrajado
su casta voluntad de amar. Lo veía todo claramente y no quería hacerlo pero no
lograba hilar una idea diferente. Se limpió la grasa del rostro y sólo la
brusca palmada en la espalda de un viejo amigo pudo sacarlo del trance. Luego
de saludarse, bebieron un rato juntos.
-Oye, qué te pasa, estás
transparente-
-Nada, nada, es que tengo un
negocito y ya tengo que irme-. Juan sonrió ladino.
-¿Ah sí, y cuántos años tiene tú
negocito?- Pregunta el amigo de la misma manera
-Ya está en edad, ya está en
edad-.
-Te pueden chingar-. Dice advirtiendo.
-No, está bien-. Contesta Juan,
más relajado.
-Pues échate otra para las
fuerzas y suerte-. Dice con lujuria el amigo. Se toman una más y Juan sale
apresurado.
Cuando llega a la vecindad, el
alumbrado público se ha prendido totalmente. Mira el reloj, no es tan tarde. Entra
hasta el fondo. Donde se encuentra su casa está totalmente a oscuras, de nuevo
se ha fundido el foco. Se acerca a las escaleras y mira un bulto en medio del
paso que lo alerta. Pronto se da cuenta que es Lupe, soñando sobre sus rodillas.
Juan se agacha mirando detenidamente su rostro.
-Pero mírate esa cara, si eres
toda una mujercita-. Dice pensando en voz alta, Lupe abre los ojos y lo mira
sonriendo e intentando despertar por completo. Toma su mano y los dos entran a
la pesada soledad de la habitación, donde el íntimo silencio sólo es
interrumpido por el débil ruido de las manecillas del reloj y el humor de ambos
comienza a generar el espacio. Juan
intenta encender la luz.
-No, mejor así- dice Lupe haciendo
nudos con su vestido. Juan deja el bote en una esquina, limpia el sudor de su
frente y se sienta sobre la cama.
-¿Sabes lo que vamos a hacer,
verdad?-. Pregunta Juan.
-Sí-. Contesta Lupe y da un
paso al frente
-¿No tienes miedo?-.
Lupe contesta que no con la
cabeza mientras Juan se toca el pecho que le arde y siente su respiración cada
vez más agitada. Cierra los ojos y le pide que se acerque. Lupe se sienta en
las piernas de Juan que se quita la camisa, mete su mano por debajo de la falda
y le quita los calzones de encaje barato que Lupe ha robado de la ropa de su
madre. Siente el vello púbico y el sudor cálido. Arrastra la mano de Lupe que
tiembla y la mete por debajo de su pantalón. Lupe suspira velozmente, cierra
los ojos y aprieta con fuerza. Juan le quita el vestido hecho por su madre y se
recuestan. La espalda de Lupe está fría, tiembla.
-No te preocupes, sólo te va a
doler poquito-. Dice Juan y por un instante siente una tercera mirada que lo
perturba, pero el cuerpo de Lupe que se balancea lo aparta de éste pensamiento.
Siente cómo toda su hombría se cimbra al penetrar a Lupe que suelta un quejido
largo y luego un suspiro hondo…
Con ojos acostumbrados a la
oscuridad y los labios de Lupe pegados a su cuello, Juan mira el reloj a través
del humo del cigarro y las ambiguas formas de las grietas en la pared.
-Ya es tarde, qué le voy a
decir a mí mamá-. Comentó Lupe con preocupación fingida.
-Nada, vas a ver cómo le da
gusto-. Sin alterarse.
-¿Entonces crees que sí parezco
mujer?- Dice de manera cursi.
-Sí, yo creo que sí-. Decidido
Lupe, con sonrisa pícara, se
descubre para mostrarle a Juan su sexo en plena erección y éste comprende que desde entonces y para siempre, los días no volverán a ser iguales.
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