Lo mismo que el “Ouroboros”, los mitos, las leyendas y los
cuentos, no terminan sino que se regeneran y retornan eternamente gracias a su
multiplicidad simbólica, a los aspectos humanos (morales y éticos a los que
aluden), y a las fuerzas primitivas que son motor de la voluntad del hombre y
que se hallan ocultas en el inconsciente. Provenientes de un remoto pasado
originario, son condensadores, extrapoladores y generadores del fenómeno
existencial del ser humano y de su relación con el universo que los rodea, al
cual pertenecen; esto, porque no son otra cosa que la forma concreta y simbólica
de la sabiduría popular y con popular nos referimos a los conocimientos
racionales, psicológicos y emotivos universales; independientes del tiempo y el
espacio, es decir, que comparten los hombres y mujeres que formaron y formarán
parte de la humanidad. Estas narraciones aunque vayan modificándose de acuerdo
a las normas de quienes detentan el poder, no pierden la potencia erótica,
tanática y psicológica con que fueron concebidas, ya que son trascendentes y
transgresoras. De cuando en cuando surge de entre la muchedumbre una mente
capaz de revitalizar y hacer vigente dichas fuerzas, ya sea por su
redescubrimiento o por la visión vanguardista de algo que ya estaba allí, pero fue relegado. Así, surge una nueva
lectura que sin traicionar la naturaleza de la narración, la transforma e
ilumina una nueva identidad que conduce a la humanidad a una conciencia de su
Ser y de la existencia. Pero la búsqueda y el camino, no son fáciles. El
portador de aquella voz que se levanta, debe andar a través de las penumbras y
terrores de su ser más íntimo y regresar. Lo que vemos quienes somos
espectadores, sólo es el resultado de su trayecto.
Lo mismo que el “Ouroboros”, es el camino que ha recorrido
Catherine Breillat (Romance x, 36 Fillete) para llegar a la creación de La
belle endormie. Su indagación de la naturaleza femenina comienza desde el
aspecto meramente superficial de lo sexual y su posición respecto a la
sociedad; poco a poco, con cada película se adentra en la psique de la mujer,
pero en La belle endormie va más allá
todavía, logra poner en evidencia la sustancia femenina que reside en la
naturaleza de la humanidad, manifestada justamente a través de la sexualidad y
los roles que son independientes del aparato sexual. Al hacer alusión al
termino “Hermafrodita”, se puede presumir que Breillat intenta marcar la línea
por donde versará su obra. Las diferencias de género que enfrentan al hombre y
la mujer son banales si tomamos en cuenta que forman parte de un fenómeno mayor
de contrarios complementarios llamado Ser humano. Anastasia (Carla Besnaïnou/ Julia
Artamonov) la protagonista que navega de un espacio a otro, personaje fuera del
tiempo y de las categorías de género, nos muestra cómo la consciencia de
nuestro destino, ese que golpea dentro de nuestro ser y nos llama, ha de
provocar una metamorfosis interior que transformará el mundo que nos rodea. De
esta manera nos descubrimos al mismo tiempo que se nos revela una realidad
brutal, construida en base a inevitabilidades. Quien no es capaz de llevar a
cabo el viaje interior y reafirmar su identidad encontrándose a sí mismo,
estará para siempre perdido en un mundo inconmovible. Dicho viaje representa el
transito del mundo de la niñez, ese lugar fantástico de infinitas posibilidades,
oscuras unas y luminosas otras, hacia la pubertad donde los deseos, las
compulsiones, las pasiones todas, adquieren una dimensión definitiva.
Esto nos muestra Catherine Breillat en su película, mediante
un manejo de iluminación sobria y escenarios discretos pero cuidados al detalle
en cuanto al contexto histórico, que por momentos nos transportan a la ópera. La
belle endormie es un bellísimo ejemplo de la sincronía entre discurso y
montaje. Con secuencias pausadas y largas, saltando de una toma general a un
extreme close up y con un tratamiento de color, frío; con un guión que rompe la
estética formal y presenta pequeñas situaciones que sólo están conectadas por
la búsqueda del protagonista y que sirven para explicar el sentido del
argumento general; la película evoca el cine nórdico del estilo de, Tarkovski,
Svankmajer o Roy Andersson. Es notable la preocupación por la coherencia en el diseño
del vestuario, por lo menos en lo que se refiere a la vestimenta de las
versiones más conocidas (La edad media). Se desprende parcialmente del tono
realista y se sirve del tono idealista para mostrar los procesos mentales de
una niña que alcanza la pubertad mediante una profunda reflexión llevada a cabo
en su sueño. Sin concesiones brinca de una secuencia a otra generando así la
sensación onírica que le exige al espectador, atención especial para articular
la historia vinculándose y complementando la relación de ideas, para comprender
el discurso de manera imparcial. Crea lo que Brecht llamaría un efecto de distanciamiento, sin dejar de
lado la fantasía propia del cuento de hadas, sobre todo cuando Anastasia se
encuentra dentro de su sueño.
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