8 de abril de 2013

SOBRE EL ACTOR



A las personas no nos gusta “hacer”, en el sentido de crear, es decir, que las personas hacemos pero nunca o muy pocas veces con la intención de crear, entonces el fin primordial se convierte en un daño colateral. Esto porque no nos gusta salir del estado de “confort” en que nos encontramos, entendido como el estado de mediocridad donde la responsabilidad mía que como individuo es sólo mía y de nadie más, queda minimizada u omitida. Por eso nos agrada el melodrama, los apasionamientos, los pulsos más voraces y primarios, los arrebatos no como impulso catártico donde confluyen las circunstancias, sino válvula de escape que cada cierto tiempo libera las energías esenciales de la transformación. Por eso nos gusta la agresión consuetudinaria y no la transgresión definitiva; porque, como el perro humanizado y hambriento, no quieren ceder aun cuando el manjar de la gloria se abra frente a sus ojos. Y nos cebamos en esas emociones vulgares porque allí nada está comprometido, por eso funciona la pornografía, por eso funciona el pensamiento esotérico y los talk shows, las telenovelas, el sentimentalismo de cartón, de novela rosa o de revista del corazón y el chiste de excusado; así como el arte sofisticado, intelectualizado y estilizado de Starbucks, porque nos atemoriza arriesgar algo y porque nos han educado para la acumulación efímera como la hormiga, para obedecer haciendo gracias como los perros y para ser utilizados absolutamente como a vacas a cambio de un aplauso, por eso estamos ávidos de aplausos.
Sin embargo no nos educaron para transformarnos, para estar dispuestos a modificar las circunstancias. Así nada es distinto y no queremos que nada cambie, ni siquiera porque realmente nos complazca la forma en que vivimos, sino porque nos falta valor para ser distintos, francos y aceptar todo lo jodido que estamos, lo despojados que hemos sido, lo solos, desarraigados y desposeídos que nos encontramos. El trabajo de fondo, la transgresión, la conciencia, están eliminadas de nuestra perspectiva de vida.
Lo mismo sucede con los actores en México, que están ávidos del aplauso, del mote de “Actor”, de los reflectores, en general, de todo aquello que circunda pero que no es la “Escena”. Así, se pierde el sentido social y humanístico del teatro y se convierte en un fetiche más de esta época de exhibicionismos superfluos. Los actores se llenan de proyectos atiborrados de parafernalias sentimentaloides o intelectualoides, para ser aplaudidos y convertirse en mercenarios del arte, negándose a toda exploración concreta de la naturaleza humana. “Abandonad toda esperanza” dice a las puertas del Infierno en La Divina Comedia de Dante y asimismo en el arte como específicamente en el Teatro, sólo entrando allí y aceptando la inevitable Verdad, es como se puede alcanzar el espacio sagrado de la “escena”.

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