A las personas no nos gusta “hacer”,
en el sentido de crear, es decir, que las personas hacemos pero nunca o muy
pocas veces con la intención de crear, entonces el fin primordial se convierte
en un daño colateral. Esto porque no nos gusta salir del estado de “confort” en
que nos encontramos, entendido como el estado de mediocridad donde la responsabilidad
mía que como individuo es sólo mía y de nadie más, queda minimizada u omitida.
Por eso nos agrada el melodrama, los apasionamientos, los pulsos más voraces y
primarios, los arrebatos no como impulso catártico donde confluyen las
circunstancias, sino válvula de escape que cada cierto tiempo libera las
energías esenciales de la transformación. Por eso nos gusta la agresión
consuetudinaria y no la transgresión definitiva; porque, como el perro
humanizado y hambriento, no quieren ceder aun cuando el manjar de la gloria se
abra frente a sus ojos. Y nos cebamos en esas emociones vulgares porque allí
nada está comprometido, por eso funciona la pornografía, por eso funciona el
pensamiento esotérico y los talk shows, las telenovelas, el sentimentalismo de
cartón, de novela rosa o de revista del corazón y el chiste de excusado; así
como el arte sofisticado, intelectualizado y estilizado de Starbucks, porque nos
atemoriza arriesgar algo y porque nos han educado para la acumulación efímera como
la hormiga, para obedecer haciendo gracias como los perros y para ser
utilizados absolutamente como a vacas a cambio de un aplauso, por eso estamos
ávidos de aplausos.
Sin embargo no nos educaron para
transformarnos, para estar dispuestos a modificar las circunstancias. Así nada
es distinto y no queremos que nada cambie, ni siquiera porque realmente nos complazca la
forma en que vivimos, sino porque nos falta valor para ser distintos, francos y
aceptar todo lo jodido que estamos, lo despojados que hemos sido, lo solos,
desarraigados y desposeídos que nos encontramos. El trabajo de fondo, la
transgresión, la conciencia, están eliminadas de nuestra perspectiva de vida.
Lo mismo sucede con los actores
en México, que están ávidos del aplauso, del mote de “Actor”, de los reflectores,
en general, de todo aquello que circunda pero que no es la “Escena”. Así, se
pierde el sentido social y humanístico del teatro y se convierte en un fetiche
más de esta época de exhibicionismos superfluos. Los actores se llenan de
proyectos atiborrados de parafernalias sentimentaloides o intelectualoides,
para ser aplaudidos y convertirse en mercenarios del arte, negándose a toda
exploración concreta de la naturaleza humana. “Abandonad toda esperanza” dice a
las puertas del Infierno en La Divina
Comedia de Dante y asimismo en el arte como específicamente en el Teatro,
sólo entrando allí y aceptando la inevitable Verdad, es como se puede alcanzar
el espacio sagrado de la “escena”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario