Si observáramos detalladamente la vida comprenderíamos que
se trata de la resignificación, reafirmación y sublimación de un horizonte que presentimos
irreductible.
El deseo -como enunciado de las potencias vitales- hace
referencia en ese ideal al que nos consagramos de forma consciente o
inconsciente a través del sacrificio del desprendimiento o del “palacio de los
excesos”; sus distintos aspectos forman parte de una misma esencia realizadora.
Andréy Tarkovski (1932-1986), director de cine, actor y escritor, uno de los
más importantes e influyentes autores del cine de todos los tiempos, lo
comprendió muy pronto y construyó su poética cinematográfica bajo éste credo.
Entendió que la forma de llegar a una realización totalizadora del Ser era la
insistencia en el detalle puntual y casi obsesivo de su vocación: esculpir el
tiempo.
Su
filmografía muestra la purificación de sus personajes como individuos. El tema
es el mismo: la voluntad humana, la esencia de lo verdadero frente a las
apariencias materiales del mundo. La sublimación en que podemos intervenir
directamente por medio de las pasiones o de la razón, contrapuesto a un sistema
que intenta suprimir la individualidad y la identidad por una promesa de
bienestar común, homogéneo y alienado. La queja constante al mundo por su
aburguesamiento y panfletarismo, percepción que en gran medida proviene de su
experiencia de vida en la Unión Soviética. Esto desde una contemplación
racional y analítica del fenómeno de la vida pero permitiéndose arrebatar por los
pulsos que la conforman: Eros, Tánatos y Psique.
La multiplicidad, la réplica, el espejo, la reiteración del
aspecto metafísico de los elementos naturales e incluso los constantes tropiezos
-literalmente hablando- de sus personajes (acción retomada por Kieslowski
luego), la enfermedad, el fuego que purga y las cenizas,
etcétera, son características del enfrentamiento con
la verdad del inconsciente; puerta de entrada a uno mismo, a ese “otro que es
yo”, escribía A. Rimbaud. Así, en la esfera de la conciencia onírica,
del trance lúcido en la vigilia o la fractura de la conciencia crítica, desentraña
la paz del silencio y de allí se desprende el entramado infinito e inagotable
del éxtasis del tiempo.
La
filmografía de Andréy Tarkovski, comparte una misma esencia poética que no
proviene sólo de un aspecto técnico, cuya precisión milimétrica es
espectacular: el acomodo puntual y dinámico de cuadro en cuadro; la técnica
visceral y purificada, pero nunca estilizada ni sensiblera. La contención y la
plástica de la fotografía en el punto exacto para retratar la belleza con
madurez. Los planos y secuencias en constante dialéctica: el cuidado extremo de la relación entre lo que dice y el modo
cinematográfico de decirlo (1). Conforme nos internamos en todos y cada uno
de sus filmes presentimos la construcción dramática y filosófica de un
argumento que se mueve desde la Rusia zarista hasta la zona post-apocalíptica,
desde los confines del universo hasta los confines del vacío que habita una
casa olvidada por los acontecimientos y las circunstancias.
Sus
obras, interconectadas por medio de conceptos de su “interioridad profunda”,
son diferentes aristas de un mismo fenómeno: el individuo como ente universal y
el devenir de sus errores de carácter como ser humano; cuando el hombre se
enfrenta a su realidad intenta, como diría el zorro de El principito: domesticarla; pero al mismo tiempo se domestica él
mismo, aunque al hombre no le interesa más orden que el suyo. Sin embargo Tarkovski
no inventa el universo, lo redescubre, lo mira: Mirar es detenerse en la contemplación. Contemplar es ver lo invisible
(2). Su referente es la realidad que conocemos. Nos muestra que la victoria no
está en conseguir lo deseado sino en el proceso que llevamos a cabo para llegar
allí. Asimismo la relación del Humano con sus trances más íntimos y por ende
inexplorados.
La
filmografía de Tarkovski no es muy extensa (La
infancia de Ivan, Andréy Rubliov, Solaris, El espejo, La zona, Nostalgia y
Sacrificio) pero sí es amplia en cuanto a la exploración de lo sagrado que nos habita y que al mundo
habita (3). En tanto algunos cineastas intentan mostrarnos su percepción
acerca de ciertos eventos de la realidad, Tarkovski muestra el mundo del tiempo
mediante una cadena sin fin de
significaciones donde confluyen los elementos trágicos del Orden de la Creación;
mismo que conforman una “suma teológica”,
una epifanía o revelación de esa vida que es la vida otra y que existe en el
tiempo y para el tiempo, a fin de ser descubierta en los días de nuestro
instante (4), como bien apunta Manuel Capetillo. Así, siguiendo las
mutaciones del héroe mítico de J. Campbell, su propósito es alcanzar la
trascendencia llevando hasta las últimas consecuencias su revelación, arrancarla
de la existencia, hebra por hebra, para luego otorgárselo al hombre, como hace
cada uno de sus personajes principales, todas esas miradas distintas que son en
realidad una misma declaración de principios ante el viaje hacia lo desconocido,
declaración que nos cuestiona: ¿Qué clase
de mundo es éste, si un loco os dice, que
deberíais estar avergonzados?(5)
Notas
1.-
La sacralidad y la poética en la
cinematografía de Andrei Tarkovski. Capetillo, Manuel. Laberinto, 2010. p 42
2.-
ibídem p. 34
3.-
ibíd. p 44
4.-
ibíd. p 33
5.-
Nostalgia. Tarkovski, Andréy. Italia y Unión Soviética,1983
Bibliografía
Esculpir el tiempo.
Tarkovski, Andréy. UNAM, 2009
La sacralidad y la poética en la
cinematografía de Andrei Tarkovski. Capetillo, Manuel.
Laberinto, 2010




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